viernes, 2 de marzo de 2012

A ELLA LE FASCINAN LOS HOMBRES, TANTO, QUE SE LOS PODRÍA COMER.


“¡Claro, los asesina!” Lucía caminaba por toda su sala, encendió su primer cigarrillo y se asomó por la ventana. El corazón le latía en una mezcla de emoción y nerviosismo, se estaba convenciendo de que su vecina era una asesina, sólo así se podía explicar porque los hombres que la visitaban no volvían a salir. Había descubierto el secreto de aquella mujer, ahora tenía que buscar la forma de comprobarlo.
Hace tres meses ascendieron al esposo de Lucía y  pasaron de un pequeño departamento bien acomodado en la Unidad Independencia a una lujosa casa cerca del centro de Coyoacán.  Al fin Lucía iba a vivir la buena vida y se iba a codear con personas importantes y adineradas, pero el mismo día que llegó a su nuevo hogar, en la casa de alado se estaba mudado Julieta; una chica que no pasaba de los treinta, de piel tostada, un cuerpo escultural,  ojos color avellana y cabello lacio y negro.
Julieta era una chica muy agradable, se presentó con los vecinos y de inmediato congenió con ellos, y aunque Lucía intentó ser conocida entre la comunidad, su llegada a la calle quedó opacada por presencia de la vecina ejemplar que prometía ser Julieta.
Por eso Lucía encontró  prometedor el día que vio a su vecina salir vestida muy elegante, con un vestido rojo y unos guantes de seda negros, era obvio que Julieta iba a una cita. “Tal vez pueda sacar un buen chisme de esto” pensó.
Julieta no tardó en regresar a su casa con un chico joven, apuesto y al parecer adinerado. Lucía quiso saber cuánto tiempo pasaría aquel chico en la casa de su vecina, así que se sentó frente a la ventana  y esperó toda la noche, pero el sueño la venció sin que se diera cuenta que fue de aquel muchacho.
La semana siguiente, Julieta tuvo otra cita con un chico más apuesto que el anterior, ahora Lucía podía tacharla de zorra, pero tenía curiosidad de cuánto tiempo se quedaban los jóvenes en sus visitas nocturnas, así que se sirvió una taza de café y se quedó toda la noche frente a la ventana.
Justó al amanecer, Julieta salió de casa con ropa deportiva y echó a correr. Lucía se quedó viendo la puerta de su vecina esperando ver salir al joven, hasta que al medio día el sueño la venció y se fue a su cuarto pensando en que el chisme que tenía entre manos era muy jugoso, Julieta no sólo era una zorra, sino que al parecer los chicos son los que entraba nunca salían.
Al principio, Lucía espiaba ocasionalmente a su vecina y los viernes por la noche se desvelaba frente a la ventana, pero con el paso del tiempo, Lucía se obsesionaba más y más, seguía a Julieta al trabajo, estudiaba todos sus movimientos, dejó de cuidarse a ella misma para atender sólo una cosa: Julieta. Se convirtió en su pasatiempo favorito, en su droga, en su adicción.
Despeinada, desarreglada, con la ropa de hace cuatro días y con un cigarrillo en la mano, Lucía había cumplido tres meses de vigilar constantemente a su vecina. Ahora analizaba una y otra vez su teoría y entre más la repasaba, menos descabellada le parecía.  No tenía pruebas, sólo lo que veía, pero tal vez si le hablaba a la policía, ellos investigarían a Julieta y lograría que la arrestaran frente a todos sus vecinos, así que tomó el teléfono y marcó el cero sesenta y uno.
Era sábado, acababa de amanecer cuando un oficial de la policía llamaba a la puerta de Julieta. De cierto modo el azul se sentía emocionado, era el primer caso de éste tipo que le asignaban, catear la casa una presunta asesina. Cuando abrieron la puerta, el oficial no esperaba encontrarse con una mujer tan linda. Ella lo recibió con un “hola” musical. El policía la saludó, le dijo el porqué estaba ahí  y como quien no tiene nada que ocultar, Julieta  invitó al oficial a entrar.
Lucía estuvo observando por su ventana, había atardecido y el policía todavía no salía de casa de su vecina. Comenzó a preocuparse, pensó que sería buena idea ir a ver qué pasaba y justo cuando salió de su casa vio salir al policía de la casa de alado. Julieta se despidió del oficial como si fuera un viejo amigo, después saludó a Lucía con una sonrisa y un “muy buenas tardes, vecina”.
“Algo debía de estar mal”, de decía una y otra vez Lucía, al mismo tiempo que tomaba el último cigarrillo de la cajetilla. Se sentó frente a su ventana y comenzó a analizar la situación. Al llegar su esposo, se quejó de que el refrigerador estaba casi vacío. Esto nunca antes había pasado, Lucía hacía las compras todos los miércoles, pero ya hacía tiempo que había terminado con esa rutina.
El domingo, muy temprano, Lucía fue al supermercado. Ahí, en el pasillo de las salsas, se encontró a Julieta. Lucía, al ver a su vecina, se congeló, sintió que en cualquier momento Julita podría atacarla. Sentía la sangre pesada y la respiración caliente, quería echar a correr. Pero recordó que se suponía que Julieta no sabía que era espiada ni quién había mandado al policía el día anterior. Decidió hacerse la desentendida y disimular sus nervios.
—¿Harás lasaña, vecina? — dijo Julieta al mismo tiempo que se acercaba con una sonrisa.
—¿Perdón?
—Sí. La salsa que estás comprando. Es para lasaña, ¿no?
—¿Yo?... sí. Sí, es para eso.
—Mejor compra ésta— Julieta tomó frasco de hasta abajo del anaquel.
—Pero esa salsa es chafa.
—No, mira: prepárala con dos jitomates, una cebolla y dos piscas de orégano. Te saldrá más barata y te quedará mejor, ya verás.
—Gracias— Lucía tomó el frasco con la mano temblorosa e intentó evitar la mirada de Julieta.
—Ah, y vecina. Más te vale que dejes de meterte conmigo o me las vas a pagar ¿me expliqué?
Lucía sintió un sudor frío que le recorrió el cuerpo, bajó la mirada y asintió con la cabeza. Julieta sonrió y se alejó tarareando una canción mientras saludaba a un par de vecinos.
“Me va a matar. Me va a matar como los mata a ellos, carajo”. Lucía caminaba por toda su casa fumando un cigarrillo tras otros. Lloraba y le temblaban las piernas. Sentía un fuerte nudo en el estomago, le invadía las nauseas, le sudaban las manos. “Debo encontrar la forma de atraparla antes de que me mate”.
Lucía pasó una semana sin poder dormir bien, no comía ni se bañaba. Sólo veía por la ventana, vigilando a Julieta, esperando. Hasta que llegó el viernes, ya no podía soportarlo más. Esperó a que su vecina saliera a su cita habitual y en cuanto la vio salir corrió hacia su casa y forzó la ventana para poder entrar.
Al entrar, Lucía se encontró con una casa común y corriente. Tenía poco tiempo para encontrar alguna anomalía o pruebas para que detuvieran a Julita. La cocina le pareció el lugar más obvio para empezar, revisó los cuchillos y los trastes, pero no encontró ninguno doblado por la fuerza o manchado con sangre.
Buscó en el baño, no encontró sangre, venenos o pastillas. De ahí fue a la oficina, buscó armas, sangre, cadáveres o algún rastro humano, pero no había nada extraño. Hasta que entró al cuarto. Vio frente a ella un enorme librero, Lucía llevaba tres meses espiando a su vecina y nunca la vio con un libro en la mano. Revisó los libros y algunos todavía estaban en sus bolsas.
Casi por impulso, Lucía tiró el librero y empezó a palpa la pared de ladrillos hasta que tocó uno suelto, lo sacó de la pared y así empezó a quitar ladrillo tras ladrillos; pudo distinguir un par de huesos por el hueco que se formó en la pared y cuando quiso quitar más ladrillos escuchó que se abría la puerta de la casa.
Lucía intentó abrir la ventana, pero ésta estaba trabada. Buscó por todos los rincones del cuarto, pero no había escapatoria, así que decidió esconderse debajo de la cama.
Julieta entró al cuarto besando y  abrazando su amante, cuando tropezaron con el librero caído. Al ver el cuarto desorganizado, Julieta empezó a reír.
—Creo que deberías hablarle a la policía— dijo el joven.
—No, todavía no.
La mujer sacó de su bolsa una pistola y le dio un balado justo en la frente a su amante. Por la impresión, Lucía empezó a gritar desesperadamente. Julieta se asomó debajo de la cama, tomó del cabello a su vecina y la sacó a rastras.
—¡Cállate, puta! — le dijo mientras le daba una cachetada. — ¡Qué te calles con un carajo! — con el segundo golpe, Lucía dejó de gritar, pero no podía evitar las lagrimas. — Te dije que no te metieras conmigo.
—¡No me mates, por favor!
—¿Matarte? No, no, no. Eres mi boleto de salida— Julieta sacó del hueco en la pared los huesos, sin dejar de apuntarle a Lucía. — El estúpido policía que mandaron no dejaba de verme los senos. “No sé qué está pasando oficial, como ve no hay nada aquí. Mi vecina está empezando a asustarme, creo que me está espiando”. Ah, me fascinan los hombres, son tan manipulables. ¿Sabes qué es mejor que acostarse con ellos? ¿Eh? ¿Me oíste, pendeja?  Te hice una pregunta.
—No… no sé— Lucía apenas pudo hablar.
Julieta sonrió, sacó una botella de cloroformo del hueco en la pared y mientras mojaba un trapo sonrió y dijo: — Diviértete en prisión, puta. 
 

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