“¡Claro, los asesina!” Lucía
caminaba por toda su sala, encendió su primer cigarrillo y se asomó por la
ventana. El corazón le latía en una mezcla de emoción y nerviosismo, se estaba convenciendo
de que su vecina era una asesina, sólo así se podía explicar porque los hombres
que la visitaban no volvían a salir. Había descubierto el secreto de aquella
mujer, ahora tenía que buscar la forma de comprobarlo.
Hace tres meses ascendieron
al esposo de Lucía y pasaron de un
pequeño departamento bien acomodado en la Unidad Independencia a una lujosa
casa cerca del centro de Coyoacán. Al
fin Lucía iba a vivir la buena vida y se iba a codear con personas importantes
y adineradas, pero el mismo día que llegó a su nuevo hogar, en la casa de alado
se estaba mudado Julieta; una chica que no pasaba de los treinta, de piel
tostada, un cuerpo escultural, ojos
color avellana y cabello lacio y negro.
Julieta era una chica muy
agradable, se presentó con los vecinos y de inmediato congenió con ellos, y
aunque Lucía intentó ser conocida entre la comunidad, su llegada a la calle
quedó opacada por presencia de la vecina ejemplar que prometía ser Julieta.
Por eso Lucía encontró prometedor el día que vio a su vecina salir
vestida muy elegante, con un vestido rojo y unos guantes de seda negros, era
obvio que Julieta iba a una cita. “Tal vez pueda sacar un buen chisme de esto”
pensó.
Julieta no tardó en regresar
a su casa con un chico joven, apuesto y al parecer adinerado. Lucía quiso saber
cuánto tiempo pasaría aquel chico en la casa de su vecina, así que se sentó
frente a la ventana y esperó toda la
noche, pero el sueño la venció sin que se diera cuenta que fue de aquel
muchacho.
La semana siguiente, Julieta
tuvo otra cita con un chico más apuesto que el anterior, ahora Lucía podía
tacharla de zorra, pero tenía curiosidad de cuánto tiempo se quedaban los
jóvenes en sus visitas nocturnas, así que se sirvió una taza de café y se quedó
toda la noche frente a la ventana.
Justó al amanecer, Julieta
salió de casa con ropa deportiva y echó a correr. Lucía se quedó viendo la
puerta de su vecina esperando ver salir al joven, hasta que al medio día el
sueño la venció y se fue a su cuarto pensando en que el chisme que tenía entre
manos era muy jugoso, Julieta no sólo era una zorra, sino que al parecer los
chicos son los que entraba nunca salían.
Al principio, Lucía espiaba
ocasionalmente a su vecina y los viernes por la noche se desvelaba frente a la
ventana, pero con el paso del tiempo, Lucía se obsesionaba más y más, seguía a
Julieta al trabajo, estudiaba todos sus movimientos, dejó de cuidarse a ella
misma para atender sólo una cosa: Julieta. Se convirtió en su pasatiempo
favorito, en su droga, en su adicción.
Despeinada, desarreglada,
con la ropa de hace cuatro días y con un cigarrillo en la mano, Lucía había
cumplido tres meses de vigilar constantemente a su vecina. Ahora analizaba una
y otra vez su teoría y entre más la repasaba, menos descabellada le parecía. No tenía pruebas, sólo lo que veía, pero tal
vez si le hablaba a la policía, ellos investigarían a Julieta y lograría que la
arrestaran frente a todos sus vecinos, así que tomó el teléfono y marcó el cero
sesenta y uno.
Era sábado, acababa de
amanecer cuando un oficial de la policía llamaba a la puerta de Julieta. De
cierto modo el azul se sentía emocionado, era el primer caso de éste tipo que
le asignaban, catear la casa una presunta asesina. Cuando abrieron la puerta,
el oficial no esperaba encontrarse con una mujer tan linda. Ella lo recibió con
un “hola” musical. El policía la saludó, le dijo el porqué estaba ahí y como quien no tiene nada que ocultar,
Julieta invitó al oficial a entrar.
Lucía estuvo observando por
su ventana, había atardecido y el policía todavía no salía de casa de su
vecina. Comenzó a preocuparse, pensó que sería buena idea ir a ver qué pasaba y
justo cuando salió de su casa vio salir al policía de la casa de alado. Julieta
se despidió del oficial como si fuera un viejo amigo, después saludó a Lucía
con una sonrisa y un “muy buenas tardes, vecina”.
“Algo debía de estar mal”,
de decía una y otra vez Lucía, al mismo tiempo que tomaba el último cigarrillo
de la cajetilla. Se sentó frente a su ventana y comenzó a analizar la
situación. Al llegar su esposo, se quejó de que el refrigerador estaba casi
vacío. Esto nunca antes había pasado, Lucía hacía las compras todos los
miércoles, pero ya hacía tiempo que había terminado con esa rutina.
El domingo, muy temprano,
Lucía fue al supermercado. Ahí, en el pasillo de las salsas, se encontró a
Julieta. Lucía, al ver a su vecina, se congeló, sintió que en cualquier momento
Julita podría atacarla. Sentía la sangre pesada y la respiración caliente,
quería echar a correr. Pero recordó que se suponía que Julieta no sabía que era
espiada ni quién había mandado al policía el día anterior. Decidió hacerse la
desentendida y disimular sus nervios.
—¿Harás lasaña, vecina? — dijo
Julieta al mismo tiempo que se acercaba con una sonrisa.
—¿Perdón?
—Sí. La salsa que estás
comprando. Es para lasaña, ¿no?
—¿Yo?... sí. Sí, es para
eso.
—Mejor compra ésta— Julieta
tomó frasco de hasta abajo del anaquel.
—Pero esa salsa es chafa.
—No, mira: prepárala con dos
jitomates, una cebolla y dos piscas de orégano. Te saldrá más barata y te
quedará mejor, ya verás.
—Gracias— Lucía tomó el
frasco con la mano temblorosa e intentó evitar la mirada de Julieta.
—Ah, y vecina. Más te vale
que dejes de meterte conmigo o me las vas a pagar ¿me expliqué?
Lucía sintió un sudor frío
que le recorrió el cuerpo, bajó la mirada y asintió con la cabeza. Julieta
sonrió y se alejó tarareando una canción mientras saludaba a un par de vecinos.
“Me va a matar. Me va a
matar como los mata a ellos, carajo”. Lucía caminaba por toda su casa fumando
un cigarrillo tras otros. Lloraba y le temblaban las piernas. Sentía un fuerte
nudo en el estomago, le invadía las nauseas, le sudaban las manos. “Debo
encontrar la forma de atraparla antes de que me mate”.
Lucía pasó una semana sin
poder dormir bien, no comía ni se bañaba. Sólo veía por la ventana, vigilando a
Julieta, esperando. Hasta que llegó el viernes, ya no podía soportarlo más.
Esperó a que su vecina saliera a su cita habitual y en cuanto la vio salir corrió
hacia su casa y forzó la ventana para poder entrar.
Al entrar, Lucía se encontró
con una casa común y corriente. Tenía poco tiempo para encontrar alguna
anomalía o pruebas para que detuvieran a Julita. La cocina le pareció el lugar
más obvio para empezar, revisó los cuchillos y los trastes, pero no encontró
ninguno doblado por la fuerza o manchado con sangre.
Buscó en el baño, no
encontró sangre, venenos o pastillas. De ahí fue a la oficina, buscó armas,
sangre, cadáveres o algún rastro humano, pero no había nada extraño. Hasta que
entró al cuarto. Vio frente a ella un enorme librero, Lucía llevaba tres meses
espiando a su vecina y nunca la vio con un libro en la mano. Revisó los libros
y algunos todavía estaban en sus bolsas.
Casi por impulso, Lucía tiró
el librero y empezó a palpa la pared de ladrillos hasta que tocó uno suelto, lo
sacó de la pared y así empezó a quitar ladrillo tras ladrillos; pudo distinguir
un par de huesos por el hueco que se formó en la pared y cuando quiso quitar
más ladrillos escuchó que se abría la puerta de la casa.
Lucía intentó abrir la
ventana, pero ésta estaba trabada. Buscó por todos los rincones del cuarto,
pero no había escapatoria, así que decidió esconderse debajo de la cama.
Julieta entró al cuarto
besando y abrazando su amante, cuando
tropezaron con el librero caído. Al ver el cuarto desorganizado, Julieta empezó
a reír.
—Creo que deberías hablarle
a la policía— dijo el joven.
—No, todavía no.
La mujer sacó de su bolsa
una pistola y le dio un balado justo en la frente a su amante. Por la
impresión, Lucía empezó a gritar desesperadamente. Julieta se asomó debajo de
la cama, tomó del cabello a su vecina y la sacó a rastras.
—¡Cállate, puta! — le dijo mientras
le daba una cachetada. — ¡Qué te calles con un carajo! — con el segundo golpe,
Lucía dejó de gritar, pero no podía evitar las lagrimas. — Te dije que no te
metieras conmigo.
—¡No me mates, por favor!
—¿Matarte? No, no, no. Eres
mi boleto de salida— Julieta sacó del hueco en la pared los huesos, sin dejar
de apuntarle a Lucía. — El estúpido policía que mandaron no dejaba de verme los
senos. “No sé qué está pasando oficial, como ve no hay nada aquí. Mi vecina
está empezando a asustarme, creo que me está espiando”. Ah, me fascinan los
hombres, son tan manipulables. ¿Sabes qué es mejor que acostarse con ellos?
¿Eh? ¿Me oíste, pendeja? Te hice una
pregunta.
—No… no sé— Lucía apenas
pudo hablar.
Julieta sonrió, sacó una
botella de cloroformo del hueco en la pared y mientras mojaba un trapo sonrió y
dijo: — Diviértete en prisión, puta.

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