Dulces, como el primer amor
Me
llamó la atención el enorme espectacular a la entrada del metro, rosas, rojos,
amarillos y azules que resaltaban unas letras bombeadas con sus colores neón
brillante. Ya había oído hablar de ese dulce y me sorprendió ver lo popular que
se volvía en tan poco tiempo. Según yo
llevaba una semana de haber salido al mercado y ahora, volteara a donde
volteara, alguien abría uno de esos empaques metálicos. En la hora y cuarto que me hago del trabajo a mi casa vi
un centenar de personas que comían esas cosas, entre los anuncios del metro y
espectaculares de la calle conté un aproximado de cincuenta carteles, todos
anunciaban el mismo producto: Dulces,
como el primer amor.
Al
principio pensé que el nombre era sólo mercadotecnia para vender a adolecentes
y personas extremadamente cursis, me desengañe un viernes al salir del trabajo,
pues fui a un bar con unos amigos y mientras me encontraba en la búsqueda de
alguna chica linda con quien platicar, uno de ellos sacó de su bolsillo un
pequeño empaque azul pastel, era uno de esos dulces. Sentí cómo una sonrisa
burlona se encajaba en mis mejillas, cuando mi amigo se dio cuenta le dije
entre pequeñas risas que ya era grande para comer esas babosadas, pero él
respondió con una sonrisa aun más grande, como los niños cuando saben un
secreto que sus padres ignoran. Le pregunté por el sabor de aquella porquería y
entonces me enteré de porque dibujó aquella mueca.
Resultaba
que el nombre hacía honor al producto, según mi amigo, esos dulces en verdad
sabían al primer amor y cada persona experimentaba una sensación diferente, por
lo tanto existían tantos sabores como personas en este mundo. Por ejemplo, él
disfrutaba de una mezcla entre agua de lluvia, tierra, bombones y mango.
—Mi
primer beso fue en un campamento, a los once años.
Aunque
claro, no era necesario que tu primer amor fuera el del primer beso. Conocí a
una chica que, después de una cena aburridísima en la que me mareó con su
parloteo, se dispuso a comer de postre una de esas cosas. Pensé que el dulce le
mantendría la lengua ocupada, pero por desgracia me equivoqué. Encontró la
forma de hablar sin escupir el caramelo y entre las tonterías que dijo comentó
que el dulce le sabía a una mezcla de tabaco, cerveza y chicles de yerbabuena;
cada vez que los probaba se sentía como en la prepa, cuando se escapaba de las
clases para tomar y fumar con su novio de aquel entonces.
Esas
cosas me parecían una babosada, un sedante para aquellas personas que temen ligar o
simplemente desconocen cómo hacerlo. Por eso tomé la decisión de que a mi boca
jamás entraría uno de aquellos dulces, a pesar de que me los ofrecieron cientos
de veces. Me era innecesario probar el primer amor, me parecía mejor saborear
diferentes amores en los labios de varias chicas.
A
pesar de que intenté alejarme del problema, fue imposible escapar a la fiebre
de los dulces. Cada lugar en el que pasaba veía anuncios enormes, todos en el
trabajo los comían; incluso los hijos de Luisita, la señora de atención
ciudadana, comían aquellos dulces como si fueran los únicos que podían comprar
en la tienda. Al verlos sólo pensaba una cosa: ‘¿a qué chingados le podría
saber el amor a unos niños de primaria?’
Las
situación se puso peor, parecía que entre más me negaba a probarlos, más
populares se volvieron. Mis amigos los comían a kilos, cuando íbamos a bares yo
era el único que tomaba, porque incluso ahí comenzaron a vender los mentados
dulces. Era tan aburrido emborracharse solo que dejé de beber como antes y lo
peor fue que se volvió imposible conseguir un ligue, pues al principio las
chicas comían tantos dulces que ni siquiera me volteaban a ver, conforme pasó
el tiempo las mujeres fueron las primeras en dejar de asistir a los bares; al
final ya estaban casi vacíos e incluso tenía que obligar a mis amigos a que me
acompañaran.
La
cereza que se puso en la puntita del pastel fue que comenzaron a abrir Casas de dulce amor. Eran los lugares
más cursis que había visto en mi vida, con enormes sillones de terciopelo,
música en vivo y mesas repletas de recipientes con dulces. Sólo cobraban la
entrada, aunque salía en un dineral, todo en el interior era gratis y existían
para todos los gustos, incluso muchos bares y antros se adaptaron al estilo de
las casas. Muy pocos sitios sobrevivieron a estas transformaciones.
Cuando
mis amigos comenzaron a inventarse pretextos para dejar salir conmigo, tuve que
recurrir al plan B. En mi celular tenía los números de un par de chicas que,
por alguna extraña razón, nunca me rechazaban una cita. Aunque esta vez me fue
más difícil. Todas tuvieron algún pretexto para no salir e incluso algunas ni
siquiera contestaban el teléfono. Me desespere hasta el grado de querer buscar
una cita con mujer de compañía rentada. Hasta que por fin la última de mi
lista, luego de pensarlo una semana, aceptó salir conmigo.
Tuve
que gastar todos mis recursos, al fin y al cabo llevaba tanto tiempo sin salir
con alguien que ni el cine, la comida en un puesto de hot-dogs baratos, ni la feria
me aburrieron. Incluso quise prolongar la cita para volverla más divertida.
Fuimos a cambiarnos y la llevé a un restaurant mamón al que había ido tantas
veces que ya me sabía el menú de memoria.
Nunca
tuve una cita tan duradera y obviamente iba a buscar los resultados de mi
esfuerzo. Bromeábamos en el auto y entre
las bromas le insinuaba lo que ella ya sabía que quería. Me estacioné frente a
su casa, apagué el motor y me acerque para besarla, pero me detuvo el rostro.
No me di cuenta que a mitad del camino se metió uno de los dulces a la boca y
por lo tanto me rechazó cada intento que hice para abordarla.
—La
pasé muy bien, buenas noches—dijo con una sonrisa fingida luego de que intenté
besarla como por quinta vez.
Se
hacía del rogar, pero era difícil que me diera por vencido. Bajé del auto y la
acompañé a la puerta de su casa. Platicamos otro rato y por primera vez en
mucho tiempo sentí que el corazón se aceleraba por los nervios. Quise besarla
de nuevo y está vez busqué que el
momento fuera algo cursi para ver si se convencía. La tomé de la cintura,
acerqué mis labios y ella abrió otra de esas madres mientras me empujaba el
rostro.
—Bueno,
¿qué te traes mujer?
—¿Qué
me traigo de qué?
—¿Puedes
dejar de comer esas porquerías?
—No.
Me gustan.
—¿Para
qué insistes, si aquí tienes el sabor real?— sentí como una sonrisita se me
encajaba en todo el rostro, pero despareció al recibir una sonrisa burlona por
parte de ella.
—No
me saben a ti, si es lo que piensas.
¡Por favor! Como si tu hubieras sido mi primer amor— y entró a la casa sin
darme siquiera un beso en la mejilla.
Cuando me subí al auto, la luz iluminó algo
metálico en el asiento del copiloto, un punto solitario de colores, era uno de
esos dulces. Lo vi con una extraña excitación en el pecho, mis labios se
secaron y el cuello se tensó. Dude por un momento, pero me di cuenta que si no
lo tomaba se iba a quedar ahí un buen rato. Estiré el brazo nervioso, con un
último suspiro tomé el empaque y al mismo tiempo sentí como si un ladrillo golpease
mi cráneo por dentro. Era sólo la envoltura, para acabarla de chingar, la
cabrona dejó su basura en mi auto.
Fuera
de mi desliz de aquella noche, continué sin ceder a la tentación de los dulces.
Sin embargo, las cosas a mí alrededor se habían transformado en una locura.
Vivía en un mundo de adictos al amor. Todos caminaban con cara de estúpidos, la
boca llena de esos dulces que ya me traían hasta la chingada, siempre con la
vista en el cielo y sin dejar de sonreír. Pensé que sólo se trataba de una moda
a punto de acabar, pero esas porquerías se volvieron mundialmente famosas gracias
a los efectos que empezaron a tener.
Por
todo el mundo hubieron personas que decidieron buscar a su primero amor, pues les
fue insuficiente el sólo saborearlo. En todos los periódicos se leían
reencuentros de ancianos que dejaron de verse por años o gente que viajaban a
otros países en busca de su amor. Era de suponerse que por uno u otro motivo,
muchas personas no eran correspondidas, pero siempre encontraban alguna
compañía en este nuevo mundo romántico. Gracias a todo esto, yo era uno de los
pocos solteros que todavía vagaban por el mundo.
El
efecto de los dulces fue tan fuerte que dejé hasta las casas de citas
comenzaron a cerrar, pues una noche sentí la urgente necesidad de satisfacer
mis deseos más primitivos y no encontré compañía ni en la Merced, parecía que el
negocio iba en declive. Convencí a un amigo de que me acompañara a uno de los
poco Men´s Club que quedaban en las
calles olvidadas del Centro: un tugurio no muy fino, pero tampoco de mala
muerte.
Mi
querido compañero se llenó la boca de dulces durante toda la noche e ignoró a
las señoritas del lugar. Por otro lado, yo me puse a platicar con una mujer de
cabello pastoso, labios gruesos y partidos, cara redonda y regordeta,
pupilentes que desentonaban con su piel morena y que gustaba de adornar con ‘S’
el final de ciertas palabras (dijistes, pensastes, hablastes). Por supuesto que
era diferente a las chicas con las que solía salir, pero por primera vez en
mucho tiempo, disfruté de platicar con una mujer.
Era
inevitable que a mitad de la conversación mencionáramos a los mentados dulces,
resultó que ella tampoco los había probado, ni le interesaba. Le parecía una ‘tontería
que no´más amenzaba a la gente’. Según ella, las personas se inventaban los
sabores, en su pensamiento estaba la idea de que sabían insípidos y prefería
gastar su dinero en una orden de tacos y un boing de uva que en esas ‘pendejadas’.
Ni
siquiera me di cuenta en qué momento se vaciaron las dos cubetas de chelas que
pedimos. Así que pagué un baile privado como despedida y al salir del cuartito
con cortina de terciopelo y sillón roído, la bailarina, cuyo nombre artístico era
Yadira, me dio su teléfono. Entendí a la perfección lo que pasaba, algunas de
esas chicas se ligaban a los tipos que veían más desesperados, los exprimían
con salidas al cine, cenas, regalitos y demás, para al final mandarlos al
diablo. En otro tiempo hubiera borrado el número, pero todo indicaba que esta
vez me encontraba desesperado.
Estuve casi una semana reusándome a llamarla,
pero su imagen se convirtió en una de esas canciones que se pegan a tu cerebro
y pasas horas sin poder borrarlas. Me resigné y por un momento me arrepentí al
escuchar su vos nasal que contestaba del otro lado de la bocina, pero entre
tartamudeos y una plática muy corta, acordamos ir ese viernes al cine.
Del
cine pasamos a restaurantes, centros comerciales e incluso llegamos a pasear
por el bosque de Chapultepec, tomados de la mano como dos chamacos de
secundaria que se fueron de pinta. Me dijo su nombre real, Yessica, y hasta
pasamos un fin de semana en un hotel de Cancún.
Había
tantas cosas que me desagradaban de su apariencia que pude haber hecho una
lista, aún así me encantaba estar a su lado, sus pláticas absurdas sobre
programas de televisión y su llamativa carcajada de perico con cáncer de
garganta. A los tres meses se cerró el lugar dónde la había conocido y pensé
proponerle que viviéramos juntos, pero en un extraño impulso fui a comprar un
anillo y le pedí matrimonio en la rueda de la fortuna de una feria. Ella aceptó
mientras soltaba un escandaloso grito.
Todos
mis compañeros de trabajo y familiares se alegraron por la noticia, con
excepción del amigo que me acompañó aquella noche al Table. Gracias a que estaba todo el día clavado en sus dulces de
amor, él y muchas personas se volvieron moralistas, cursis y mamonas. Se
aferraba a la idea de que Yessica era un mal partido para mí, me dijo que le
tenía desconfianza y ni siquiera pensaba que éramos el uno para el otro.
—¿Y
si no es el amor de tu vida?— fue lo último que le escuché decir antes de
comenzar a ignorarlo.
Nos
casamos por el registro civil, con los dos testigos correspondientes y sin más
invitados. Por supuesto hicimos una gran fiesta en nuestro departamento, la
boda en la iglesia la dejamos para después, esto le importó más a mis padres
que a Yessica, quien se mostró muy contenta por todo lo que pasaba.
Durante
casi un año fuimos lo que yo consideraría un matrimonio normal y feliz. Me la
pasaba toda la semana en el trabajo, ella dijo que prefería dedicarse a las
labores domesticas y ni siquiera de molestó en buscar otra ocupación. De vez en
cuando salíamos de paseo al parque, cine o a cenar. Los viernes por la noche
hacíamos el amor y los domingos cenábamos frente a la tele. Afortunadamente
Dios no nos dio la santa maldición de concebir hijos, así que nuestras vidas eran
comunes y corrientes.
Entre
lo común y corriente, resultó que conseguí un acenso en mi trabajo, pasé de ser
el repartidor favorito del jefe a que por fin se me tomara en cuenta por mis
estudios de arquitectura. Estaba en el área de construcción y tuve que viajar a
Guadalajara para supervisar una fábrica nueva de aquellos dulces que no pasaban
de moda, pero que ya podía ignorar sin ningún problema. Seguía sin creer que
hasta el momento nadie muriera de una sobredosis de amor.
Cuando
regresé a casa fui recibido con un ruido proveniente del cuarto, una mezcla de
risas y quejidos ahogados. Con la mandíbula apretada y un nudo en el cuello,
corrí a mi habitación, la imagen que me recibió fue diferente a lo que había
esperado. Yessica se revolcaba en el suelo, con una enorme sonrisa a punto de
reventarle en el rostro lleno de lágrimas, mezcla entre alegría y tristeza.
—¡Había
olvidado lo delicioso que sabe el amor!—dijo al verme sin poder dejar de reír.
El
suelo estaba regado por varios envoltorios de aquellos pinches dulces, pegados
a una hojitas que decían: “Muestras gratis. Disfruta de un efecto más
duradero”. Me sentí traicionado, el estómago y los ojos me ardían, fue lo
último que soporté. Estaba hasta la chingada de todo eso, así que tomé uno de
los dulces del piso y me lo llevé a la boca en cuanto pude sacarlo de la
envoltura.
Me
extrañó la pelotita que golpeaba mis mejillas, la saboreé por un momento y
luego la escupí para probar otra. El resultado fue exactamente el mismo, decidí
comerme todos los dulces que quedaban de una sola vez, tenía la boca llena de
aquellas cosas que no tenían sabor alguno. Intenté encontrar el problema, los mordí,
les di vueltas entre mi lengua y sin querer me atraganté con uno.
Aquella
bola insípida se atoró en mi garganta, necesitaba ayuda pero Yessica seguía
revolcándose en el suelo. Escupí los dulces y lo único que pude hacer fue
golpearme el estómago hasta que por fin dejé de atragantarme. De inmediato me
dio un fuerte mareo, caí al piso, la garganta me ardía, un horrible escalofrío comenzó
a invadirme la piel y las entrañas. Mi
esposa no paraba de reír y tuve que arrástrame hacia la cama, me desmayé en cuanto
mi espalda tocó las cobijas.
Estuve
dos días y medio revolcándome en el colchón, daba gritos ahogados que de seguro
nadie escuchaba. Yessica me abandonó sin decir a donde iba o con quién,
dejándome solo, envuelto en mi sudor frío y con el suelo lleno de vómito. Hasta
que por fin pude arrástrame al teléfono y hablar a la oficina, rogué con la
poca voz que me tenía que alguien mandara un médico y al poco rato, un
compañero forzó la puerta del departamento.
Me
llevaron al hospital, de inmediato hicieron varios estudios para darme por fin
un diagnostico: envenenamiento por amor. El caso ya era conocido, pues se había
presentado varias veces alrededor del mundo, todos provocados por los dulces. Se
trataba de algo negativo para el negocio y por eso la industria que los
producía se encargo de ocultar el problema, se volvió tan fuerte gracias a las
ventas que era casi imposible luchar contra ella.
Me
hicieron un lavado estomacal para desintoxicarme, tuve que estar en cama otra
semana y se me prohibió rotundamente volver a comer el dulce. Me di cuenta que
lo único que quería era probar aquel sentimiento y ahora, mientras todos se
llenaban la boca con el amor, yo podía morir envenenado por los efectos que
este provocaba.
-Mirtus-.

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