jueves, 7 de marzo de 2013

Dulces, como el primer amor



Dulces, como el primer amor
Me llamó la atención el enorme espectacular a la entrada del metro, rosas, rojos, amarillos y azules que resaltaban unas letras bombeadas con sus colores neón brillante. Ya había oído hablar de ese dulce y me sorprendió ver lo popular que se volvía  en tan poco tiempo. Según yo llevaba una semana de haber salido al mercado y ahora, volteara a donde volteara, alguien abría uno de esos empaques metálicos. En la hora  y cuarto que me hago del trabajo a mi casa vi un centenar de personas que comían esas cosas, entre los anuncios del metro y espectaculares de la calle conté un aproximado de cincuenta carteles, todos anunciaban el mismo producto: Dulces, como el primer amor.
Al principio pensé que el nombre era sólo mercadotecnia para vender a adolecentes y personas extremadamente cursis, me desengañe un viernes al salir del trabajo, pues fui a un bar con unos amigos y mientras me encontraba en la búsqueda de alguna chica linda con quien platicar, uno de ellos sacó de su bolsillo un pequeño empaque azul pastel, era uno de esos dulces. Sentí cómo una sonrisa burlona se encajaba en mis mejillas, cuando mi amigo se dio cuenta le dije entre pequeñas risas que ya era grande para comer esas babosadas, pero él respondió con una sonrisa aun más grande, como los niños cuando saben un secreto que sus padres ignoran. Le pregunté por el sabor de aquella porquería y entonces me enteré de porque dibujó aquella mueca.
Resultaba que el nombre hacía honor al producto, según mi amigo, esos dulces en verdad sabían al primer amor y cada persona experimentaba una sensación diferente, por lo tanto existían tantos sabores como personas en este mundo. Por ejemplo, él disfrutaba de una mezcla entre agua de lluvia, tierra, bombones y mango.
—Mi primer beso fue en un campamento, a los once años.
Aunque claro, no era necesario que tu primer amor fuera el del primer beso. Conocí a una chica que, después de una cena aburridísima en la que me mareó con su parloteo, se dispuso a comer de postre una de esas cosas. Pensé que el dulce le mantendría la lengua ocupada, pero por desgracia me equivoqué. Encontró la forma de hablar sin escupir el caramelo y entre las tonterías que dijo comentó que el dulce le sabía a una mezcla de tabaco, cerveza y chicles de yerbabuena; cada vez que los probaba se sentía como en la prepa, cuando se escapaba de las clases para tomar y fumar con su novio de aquel entonces.
Esas cosas me parecían una babosada, un sedante para  aquellas personas que temen ligar o simplemente desconocen cómo hacerlo. Por eso tomé la decisión de que a mi boca jamás entraría uno de aquellos dulces, a pesar de que me los ofrecieron cientos de veces. Me era innecesario probar el primer amor, me parecía mejor saborear diferentes amores en los labios de varias chicas.
A pesar de que intenté alejarme del problema, fue imposible escapar a la fiebre de los dulces. Cada lugar en el que pasaba veía anuncios enormes, todos en el trabajo los comían; incluso los hijos de Luisita, la señora de atención ciudadana, comían aquellos dulces como si fueran los únicos que podían comprar en la tienda. Al verlos sólo pensaba una cosa: ‘¿a qué chingados le podría saber el amor a unos niños de primaria?’
Las situación se puso peor, parecía que entre más me negaba a probarlos, más populares se volvieron. Mis amigos los comían a kilos, cuando íbamos a bares yo era el único que tomaba, porque incluso ahí comenzaron a vender los mentados dulces. Era tan aburrido emborracharse solo que dejé de beber como antes y lo peor fue que se volvió imposible conseguir un ligue, pues al principio las chicas comían tantos dulces que ni siquiera me volteaban a ver, conforme pasó el tiempo las mujeres fueron las primeras en dejar de asistir a los bares; al final ya estaban casi vacíos e incluso tenía que obligar a mis amigos a que me acompañaran.
La cereza que se puso en la puntita del pastel fue que comenzaron a abrir Casas de dulce amor. Eran los lugares más cursis que había visto en mi vida, con enormes sillones de terciopelo, música en vivo y mesas repletas de recipientes con dulces. Sólo cobraban la entrada, aunque salía en un dineral, todo en el interior era gratis y existían para todos los gustos, incluso muchos bares y antros se adaptaron al estilo de las casas. Muy pocos sitios sobrevivieron a estas transformaciones.
Cuando mis amigos comenzaron a inventarse pretextos para dejar salir conmigo, tuve que recurrir al plan B. En mi celular tenía los números de un par de chicas que, por alguna extraña razón, nunca me rechazaban una cita. Aunque esta vez me fue más difícil. Todas tuvieron algún pretexto para no salir e incluso algunas ni siquiera contestaban el teléfono. Me desespere hasta el grado de querer buscar una cita con mujer de compañía rentada. Hasta que por fin la última de mi lista, luego de pensarlo una semana, aceptó salir conmigo.
Tuve que gastar todos mis recursos, al fin y al cabo llevaba tanto tiempo sin salir con alguien que ni el cine, la comida en un puesto de hot-dogs baratos, ni la feria me aburrieron. Incluso quise prolongar la cita para volverla más divertida. Fuimos a cambiarnos y la llevé a un restaurant mamón al que había ido tantas veces que ya me sabía el menú de memoria.
Nunca tuve una cita tan duradera y obviamente iba a buscar los resultados de mi esfuerzo. Bromeábamos en el  auto y entre las bromas le insinuaba lo que ella ya sabía que quería. Me estacioné frente a su casa, apagué el motor y me acerque para besarla, pero me detuvo el rostro. No me di cuenta que a mitad del camino se metió uno de los dulces a la boca y por lo tanto me rechazó cada intento que hice para abordarla.
—La pasé muy bien, buenas noches—dijo con una sonrisa fingida luego de que intenté besarla como por quinta vez.
Se hacía del rogar, pero era difícil que me diera por vencido. Bajé del auto y la acompañé a la puerta de su casa. Platicamos otro rato y por primera vez en mucho tiempo sentí que el corazón se aceleraba por los nervios. Quise besarla de nuevo y está vez  busqué que el momento fuera algo cursi para ver si se convencía. La tomé de la cintura, acerqué mis labios y ella abrió otra de esas madres mientras me empujaba el rostro.
—Bueno, ¿qué te traes mujer?
—¿Qué me traigo de qué?
—¿Puedes dejar de comer esas porquerías?
—No. Me gustan.
—¿Para qué insistes, si aquí tienes el sabor real?— sentí como una sonrisita se me encajaba en todo el rostro, pero despareció al recibir una sonrisa burlona por parte de ella.
—No me saben a ti, si es lo que  piensas. ¡Por favor! Como si tu hubieras sido mi primer amor— y entró a la casa sin darme siquiera un beso en la mejilla.
 Cuando me subí al auto, la luz iluminó algo metálico en el asiento del copiloto, un punto solitario de colores, era uno de esos dulces. Lo vi con una extraña excitación en el pecho, mis labios se secaron y el cuello se tensó. Dude por un momento, pero me di cuenta que si no lo tomaba se iba a quedar ahí un buen rato. Estiré el brazo nervioso, con un último suspiro tomé el empaque y al mismo tiempo sentí como si un ladrillo golpease mi cráneo por dentro. Era sólo la envoltura, para acabarla de chingar, la cabrona dejó su basura en mi auto.
Fuera de mi desliz de aquella noche, continué sin ceder a la tentación de los dulces. Sin embargo, las cosas a mí alrededor se habían transformado en una locura. Vivía en un mundo de adictos al amor. Todos caminaban con cara de estúpidos, la boca llena de esos dulces que ya me traían hasta la chingada, siempre con la vista en el cielo y sin dejar de sonreír. Pensé que sólo se trataba de una moda a punto de acabar, pero esas porquerías se volvieron mundialmente famosas gracias a los efectos que empezaron a tener.
Por todo el mundo hubieron personas que decidieron buscar a su primero amor, pues les fue insuficiente el sólo saborearlo. En todos los periódicos se leían reencuentros de ancianos que dejaron de verse por años o gente que viajaban a otros países en busca de su amor. Era de suponerse que por uno u otro motivo, muchas personas no eran correspondidas, pero siempre encontraban alguna compañía en este nuevo mundo romántico. Gracias a todo esto, yo era uno de los pocos solteros que todavía vagaban por el mundo.
El efecto de los dulces fue tan fuerte que dejé hasta las casas de citas comenzaron a cerrar, pues una noche sentí la urgente necesidad de satisfacer mis deseos más primitivos y no encontré compañía ni en la Merced, parecía que el negocio iba en declive. Convencí a un amigo de que me acompañara a uno de los poco Men´s Club que quedaban en las calles olvidadas del Centro: un tugurio no muy fino, pero tampoco de mala muerte.
Mi querido compañero se llenó la boca de dulces durante toda la noche e ignoró a las señoritas del lugar. Por otro lado, yo me puse a platicar con una mujer de cabello pastoso, labios gruesos y partidos, cara redonda y regordeta, pupilentes que desentonaban con su piel morena y que gustaba de adornar con ‘S’ el final de ciertas palabras (dijistes, pensastes, hablastes). Por supuesto que era diferente a las chicas con las que solía salir, pero por primera vez en mucho tiempo, disfruté de platicar con una mujer.
Era inevitable que a mitad de la conversación mencionáramos a los mentados dulces, resultó que ella tampoco los había probado, ni le interesaba. Le parecía una ‘tontería que no´más amenzaba a la gente’. Según ella, las personas se inventaban los sabores, en su pensamiento estaba la idea de que sabían insípidos y prefería gastar su dinero en una orden de tacos y un boing de uva que en esas ‘pendejadas’.
Ni siquiera me di cuenta en qué momento se vaciaron las dos cubetas de chelas que pedimos. Así que pagué un baile privado como despedida y al salir del cuartito con cortina de terciopelo y sillón roído, la bailarina, cuyo nombre artístico era Yadira, me dio su teléfono. Entendí a la perfección lo que pasaba, algunas de esas chicas se ligaban a los tipos que veían más desesperados, los exprimían con salidas al cine, cenas, regalitos y demás, para al final mandarlos al diablo. En otro tiempo hubiera borrado el número, pero todo indicaba que esta vez me encontraba desesperado.
 Estuve casi una semana reusándome a llamarla, pero su imagen se convirtió en una de esas canciones que se pegan a tu cerebro y pasas horas sin poder borrarlas. Me resigné y por un momento me arrepentí al escuchar su vos nasal que contestaba del otro lado de la bocina, pero entre tartamudeos y una plática muy corta, acordamos ir ese viernes al cine.
Del cine pasamos a restaurantes, centros comerciales e incluso llegamos a pasear por el bosque de Chapultepec, tomados de la mano como dos chamacos de secundaria que se fueron de pinta. Me dijo su nombre real, Yessica, y hasta pasamos un fin de semana en un hotel de Cancún.
Había tantas cosas que me desagradaban de su apariencia que pude haber hecho una lista, aún así me encantaba estar a su lado, sus pláticas absurdas sobre programas de televisión y su llamativa carcajada de perico con cáncer de garganta. A los tres meses se cerró el lugar dónde la había conocido y pensé proponerle que viviéramos juntos, pero en un extraño impulso fui a comprar un anillo y le pedí matrimonio en la rueda de la fortuna de una feria. Ella aceptó mientras soltaba un escandaloso grito.
Todos mis compañeros de trabajo y familiares se alegraron por la noticia, con excepción del amigo que me acompañó aquella noche al Table. Gracias a que estaba todo el día clavado en sus dulces de amor, él y muchas personas se volvieron moralistas, cursis y mamonas. Se aferraba a la idea de que Yessica era un mal partido para mí, me dijo que le tenía desconfianza y ni siquiera pensaba que éramos el uno para el otro.
—¿Y si no es el amor de tu vida?— fue lo último que le escuché decir antes de comenzar a ignorarlo.
Nos casamos por el registro civil, con los dos testigos correspondientes y sin más invitados. Por supuesto hicimos una gran fiesta en nuestro departamento, la boda en la iglesia la dejamos para después, esto le importó más a mis padres que a Yessica, quien se mostró muy contenta por todo lo que pasaba.
Durante casi un año fuimos lo que yo consideraría un matrimonio normal y feliz. Me la pasaba toda la semana en el trabajo, ella dijo que prefería dedicarse a las labores domesticas y ni siquiera de molestó en buscar otra ocupación. De vez en cuando salíamos de paseo al parque, cine o a cenar. Los viernes por la noche hacíamos el amor y los domingos cenábamos frente a la tele. Afortunadamente Dios no nos dio la santa maldición de concebir hijos, así que nuestras vidas eran comunes y corrientes.
Entre lo común y corriente, resultó que conseguí un acenso en mi trabajo, pasé de ser el repartidor favorito del jefe a que por fin se me tomara en cuenta por mis estudios de arquitectura. Estaba en el área de construcción y tuve que viajar a Guadalajara para supervisar una fábrica nueva de aquellos dulces que no pasaban de moda, pero que ya podía ignorar sin ningún problema. Seguía sin creer que hasta el momento nadie muriera de una sobredosis de amor.
Cuando regresé a casa fui recibido con un ruido proveniente del cuarto, una mezcla de risas y quejidos ahogados. Con la mandíbula apretada y un nudo en el cuello, corrí a mi habitación, la imagen que me recibió fue diferente a lo que había esperado. Yessica se revolcaba en el suelo, con una enorme sonrisa a punto de reventarle en el rostro lleno de lágrimas, mezcla entre alegría y tristeza.
—¡Había olvidado lo delicioso que sabe el amor!—dijo al verme sin poder dejar de reír.
El suelo estaba regado por varios envoltorios de aquellos pinches dulces, pegados a una hojitas que decían: “Muestras gratis. Disfruta de un efecto más duradero”. Me sentí traicionado, el estómago y los ojos me ardían, fue lo último que soporté. Estaba hasta la chingada de todo eso, así que tomé uno de los dulces del piso y me lo llevé a la boca en cuanto pude sacarlo de la envoltura.
Me extrañó la pelotita que golpeaba mis mejillas, la saboreé por un momento y luego la escupí para probar otra. El resultado fue exactamente el mismo, decidí comerme todos los dulces que quedaban de una sola vez, tenía la boca llena de aquellas cosas que no tenían sabor alguno. Intenté encontrar el problema, los mordí, les di vueltas entre mi lengua y sin querer me atraganté con uno.
Aquella bola insípida se atoró en mi garganta, necesitaba ayuda pero Yessica seguía revolcándose en el suelo. Escupí los dulces y lo único que pude hacer fue golpearme el estómago hasta que por fin dejé de atragantarme. De inmediato me dio un fuerte mareo, caí al piso, la garganta me ardía, un horrible escalofrío comenzó a invadirme la piel y las entrañas.  Mi esposa no paraba de reír y tuve que arrástrame hacia la cama, me desmayé en cuanto mi espalda tocó las cobijas.
Estuve dos días y medio revolcándome en el colchón, daba gritos ahogados que de seguro nadie escuchaba. Yessica me abandonó sin decir a donde iba o con quién, dejándome solo, envuelto en mi sudor frío y con el suelo lleno de vómito. Hasta que por fin pude arrástrame al teléfono y hablar a la oficina, rogué con la poca voz que me tenía que alguien mandara un médico y al poco rato, un compañero forzó la puerta del departamento.
Me llevaron al hospital, de inmediato hicieron varios estudios para darme por fin un diagnostico: envenenamiento por amor. El caso ya era conocido, pues se había presentado varias veces alrededor del mundo, todos provocados por los dulces. Se trataba de algo negativo para el negocio y por eso la industria que los producía se encargo de ocultar el problema, se volvió tan fuerte gracias a las ventas que era casi imposible luchar contra ella.
Me hicieron un lavado estomacal para desintoxicarme, tuve que estar en cama otra semana y se me prohibió rotundamente volver a comer el dulce. Me di cuenta que lo único que quería era probar aquel sentimiento y ahora, mientras todos se llenaban la boca con el amor, yo podía morir envenenado por los efectos que este provocaba.

-Mirtus-.


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