Era domingo al medio día, lo recuerdo porque sentía la resaca que me provocó la fiesta del día anterior. El metro iba relativamente vacío, pero no alcancé lugar e iba parado, recargándome en el barandal para no caerme, pues el sueño y el cansancio me estaban haciendo cabecear.
Un golpe contra el tubo me hiso reaccionar cuando llegamos a Etiopía. El metro continuó su camino y el suave movimiento del tren, junto con la oscuridad de los túneles, me relajó tanto que cuando llegamos a Eugenia y el metro frenó resbale y me dirigí directo al piso.
La caída duro tan sólo un segundo, pero analicé todo el panorama en ese momento: si caía al suelo y me levantaba los jóvenes que estaban sentados cerca de la puerta se burlarían de mí. Por la apariencia que traía las señoras que estaban frente a mí iban a murmurar que era un borracho y todo el vagón pondría su mirada inquisidora sobre mí. ¿Cómo ahorrarme semejante vergüenza? ¡Claro, un desmayo!
Al caer al suelo escuché las pequeñas risitas de los jóvenes que se detuvieron casi de inmediato. No abrí los ojos, sólo sentí una mano tacando mi muñeca, luego el cuello y después cómo entre dos personas que cargaban y me sacaban del vagón una vez que llegamos a la otra estación, División del Norte.
Sentí el aire de un abanico, la gente murmuraba, me agarré la cabeza, abrí los ojos con cuidado y me incorpore lentamente (¡Qué actuación, caray!)
— ¿Éstas bien hijito? — preguntó una señora.
— Sí, gracias— dije mientras alguien me ayudaba a levantarme, cuando volteé vi que quién me ayudaba era un policía.
— ¿Llamamos a alguien joven? — dijo el azul.
— No se preocupe, me pasa siempre, es que tengo… (mierda, ¿qué rayos digo?) tengo… ¡anemia! Sí, anemia. Es normal que me pase. Llegando a mi casa le diré a mi familia, seguramente me llevaran a una revisión de rutina con el médico. Es normal.
— ¿Seguro, joven? ¿Pa’ dónde va?
— Copilco.
— Bueno, si se siente mal no dude en bajarse y decirle a alguno de mis compañeros.
— Sí, gracias.
Regresé al tren junto con todas las personas que se bajaron conmigo. Me cedieron el lugar y cada una, antes de bajarse, me preguntaba si me sentía bien, yo sólo decía que sí y daba las gracias. Tuve que aguantarme la risa hasta que salí del metro y me subí al camión que me llevaba a casa.
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