domingo, 22 de diciembre de 2013

El canto de los quetzales




La quetzal cola-rosa, volaba entre la yerba.
Orgullosa, presuntuosa, mostraba su belleza.
Algunas quetzalillas teníanle cierta envidia.
Los machos la admiraban, cuando el vuelo veían.
Ella era la encargada de llevar materiales
para que se crearan escuelas y hospitales.

Cuidaba a los pequeños, también a los enfermos
y todos los de aquel pueblo teníanle mucho afecto.
Al vuelo y con las luces, brillaba su plumaje,
y miles de quetzales, de todos los lugares,
buscaban la conquista de aquella quetzalita.
Mas ella criticaba, veía en todos rivales
y todos se envolvían en sus propias mentiras.
El uno que era avaro, el otro vanidoso,
uno muy arriesgado y el otro temeroso.
Y todos con engaños buscaban la conquista
de la de plumas rosas, la de las alas finas.
El tiempo no fue largo para desilusiones
y en unos pocos meses, cansóse de dolores.
Aquella quetzal rosa quería viajar muy lejos,
volar con otras flores, cumplir todos sus sueños.

De tierras muy lejanas, volaba a toda prisa
un queztal cola aqua, con plumas esmeralda.
Cruzó mares y ríos, cruzó lluvias y brisas,
cruzó valles y campos, y cientos de montañas.
Y mientras Quetzal-rosa, bailaba en una fiesta
con muchos invitados, con vino y con orquesta.
Todos en ese bosque querían ver la partida
de aquella quetzal rosa, por todos tan querida.
En ese mismo instante llegaba de su viaje,
el quetzal esmeralda, cansado y sin aliento.
Buscó algún buen refugio, posóse en el ramaje
y ahí desde lo lejos miró con desconcierto
de tanta fiesta y gente, a la de plumas rosas.
 Admiróse de repente al ver tanta belleza
y mientras descasaba miró la grande fiesta.
Un ruido que a lo lejos rompió con el festejo
causó tal confusión que todo fue silencio.
Un monstruo de dos piernas y de pocos cabellos
domaba a dos halcones nacidos por el fuego.

Buscó que sus mascotas viajaran por la yerba
y en un vuelo directo cazaron cada tronco,
hasta que sin aviso llegaron a la fiesta.
Las aves de escarlata, dejaron plumas-fuego,
plumaje de los soles, veneno del ramaje.
La quetzal pluma-rosa, temió por todo el pueblo,
salió de pronto al vuelo, directo hacia un estanque.
Valióse de unas hojas para llevarles agua
que echó sobre las plumas color fuego-escarlata.
Al verla en tal peligro, el quetzal  esmeralda
salió pronto a ayudarla, bañó de tierra el fuego
y juntos los quetzales mataron el incendio.
La bestia sin cabellos, huyó en aquel instante,
pues vio cerca el ataque de tantos animales.
Mas un halcón furioso, sediento de venganza,
buscó a la quetzal rosa, tocóle con sus alas.
En ese mismo instante cayó la quetzalita,
con todo su plumaje volviéndose cenizas.
El quetzal esmeralda salió pronto en su ayuda,
mas no pudo hacer nada, ella no respiraba.
Con los ojos llorosos, el quetzal cola-aqua
quitóse aquel plumaje que el cuerpo le adornaba,
con él hizo un abrigo para su enamorada.
Todos los de aquel bosque lloraron el suceso
e hicieron gran sepelio a la que se había muerto.
El quetzal, ya sin sus plumas, lloraba a las estrellas.
La noche, a su romance, le dio pequeña ofrenda:
que cuando hay luna llena regrese su plumaje
y junto a las estrellas, vuelva la vida de ella.

Así con cada luna, canta el quetzal desnudo,
hasta que está completa y cumpla su promesa.
En cada luna llena se ve en medio del bosque
a la bella pareja que sigue el mismo rumbo.
Quetzal cola turquesa y la de plumas rosas,
llenando de colores el manto hecho de estrellas.


Texto: Alejandro Rodríguez Castillo.
Ilustraciones: Manuel Guerreo.

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