La vida que me dabas
Alejandro
Rodríguez Castillo
Había
pasado un mes desde que Alberto de la Torre falleció y no existía en el mundo
persona más feliz que su ahora viuda. Cuando fue a recoger el cuerpo a la
morgue, Lucrecia Buenrostro de la Torre lloró por horas, en el velorio y
entierro apenas lograba mantenerse de pie. Pero en cuanto llegó a su hogar,
pudo darse cuenta de la tranquilidad que la invadía, la muerte del esposo se fue
al olvido en poco tiempo.
Pasada
una semana, la mujer logró reorganizar la casa y dejarla impecable. Se
cambiaron las cortinas percudidas y viejas de la sala por unas rosas con
estampado floreado. Puso un tapiz nuevo en los sillones, había lámparas y velas
en todo el lugar, incluso cambió la tapa dura y plástica del baño por una
acolchonada.
A
pesar de que vivía en un apartamento pequeño de renta barata, pudo transformar
aquella pocilga en una casita de princesas como la que soñó desde que era niña.
El aroma a jazmín que emanaba de las velas le daba tranquilidad al espacio. Nadie
volvía a hacer tiradero o se quejaba de
los olores.
Utilizó
el dinero que obtuvo gracias al seguro de vida de su esposo para pagarse la
membrecía en un club deportivo. Esa tarde saldría con un joven que conoció en
su clase de Pilates.
Al
abrir la puerta, Lucrecia sintió un golpe en el corazón, el estómago se le
revolvió, provocándole unas nauseas insoportables y el rostro se le puso más
blanco que el vestido que llevaba puesto. No supo qué hacer o decir, sentía
como si le hubieran dado una descarga eléctrica en el cerebro, sólo pudo dar
algunos pasos hacia atrás.
Un
hombre delgado y de tez morena estaba de pie en el umbral de la puerta. Tenía
el negro cabello peinado con exceso de gel. Entre su bigote de tlacuache y la
barbita rasurada en pico, dibujaba una enorme sonrisa que revelaba unos pequeños
dientes chuecos. Vestía un traje color aceituna que le quedaba grande y unos zapatos
viejos pero muy bien boleados.
La
mujer se dejó caer en un sillón mientras se pellizcaba el brazo con todas sus
fuerzas. No podía creer lo que estaba viendo, de seguro de trataba de una broma
o esa era la parte cuándo el sueño comienza a transformarse en pesadilla.
Intentaba convencerse que todo eso era una ilusión, pero los pellizcos no
dejaban de doler.
—¿No
te alegra ni tantito volver a verme?—dijo el hombre con un tono de voz chillón.
—No…
digo…
—¡Cálmate! Estoy muerto, pero no te voy a morder—Alberto
comenzó a reír mientras entraba a la casa. Luego se fue a sentar, lento y con
calma, en un sillón pequeño.—Pensé que me recibirías de una forma más alegre.
—No
puede ser. Si tú…
—Tal
vez te sorprendas, pero resulta que no estaba en la lista para estar allá
arriba, pero lo más raro fue que tampoco me quisieron abajo, prácticamente me
corrieron a patadas. Soy un apestado, qué te parece. Entonces decidí regresar
casa con mi querida esposa. Por cierto, ¿qué le hiciste a este lugar? Se ve
horrible.
Lucrecia
no lograba asimilar nada de lo que dijo su marido. Sabiendo que era inútil, con
un poco de esperanza intentó volver a pellizcarse, se negaba a aceptar el hecho
de estar frente a aquel hombre que solamente habría llegado para arruinar su
nueva vida.
—¿Y
tú? ¿A dónde tan arreglada?
—¿Yo?
A ningún lado… bueno sí, iba con mi prima, pero ahorita le cancelo.
—Bueno,
pues sírveme de comer, ¿no?
Lucrecia
se quedó con la mirada perdida, apenas y podía pensar bien.
—¿Comida? Quieres que te sirva de comer.
—¿Qué
te acabo de decir? Lo que me faltaba, te volviste retrasada en mi ausencia.
—No,
hice unas…—la mujer se dio cuenta que llevaba dos semanas sin siquiera entrar a
la cocina.—Pues ahí hay frijoles y huevos.
—¿Nada
más? Carajo, se ve que te hice mucha falta.
Aunque sea sírveme eso.
Como
si un general le hubiera dado la orden a su soldado, Lucrecia fue corriendo a
la cocina. En un segundo su vida se convertía en lo que era antes: ella con el
delantal puesto y recibiendo ordenes.
El
cuerpo le hormigueaba y se quería desmayar. Respiraba para tranquilizarse y así
pensar mejor. No se resignaría a abandonar la vida se construyó desde la muerte
de ese hombre. A pesar de que las piernas le temblaban, fue con paso decidido a
su cuarto para buscar el arma que su marido había comprado en la secundaria y, antes
de morir, seguía presumiendo a sus amigos.
Quitándose
el saco y aflojando la corbata, Alberto
se había acomodado en el sillón para ver la televisión. El hombre reía a
carcajadas cuando un fuerte estruendo retumbo por toda la casa.
Lucrecia
tenía los brazos tiesos y la garganta seca. No pudo controlar la pistola y la
bala que estaba dirigida al cráneo de su marido fue a estrellarse en el
televisor, dejando un agujero en la pantalla y descomponiendo el aparato.
—¿Tú estás loca o qué te pasa?—dijo el hombre
exaltado mientras se levantaba del sillón.—Te mandé a que prepararas la comida,
no por juguetitos que no sabes usar. Te digo que te dio un retraso mientras no
estaba. Dame eso que lo vas a romper—Alberto le arrebató el arma a su esposa.
Ella
quedó aterrorizada, el corazón le latía con rapidez. Alberto fue al cuarto por su
chaqueta y gorra favorita. Cuando regresó a la sala, Lucrecia seguía viendo el
agujero en la televisión, temblaba y sentía como si le apretaran la garganta.
—Voy
a salir.
—¿A
dónde?— contestó ella, apenas reaccionando.
—Por
ahí.
—¿Estás
loco? ¿Piensas ir con tus amigos? ¡Se supone que te moriste, Alberto!
—Yo
sé lo que hago. Nos vemos en la noche.
Lucrecia
intentaba controlarse mientras veía a su esposo saliendo. Comenzó a sentirse
desesperada y ansiosa. Daba vueltas por el apartamento, servía vasos de agua
que no se tomaba. Luego de un largo baño se fue a acostar, el sol apenas se
había ocultado y estuvo en la cama durante horas, con la mirada perdida en el
vacío.
Se sintió atrapada en aquella locura, sin
familiares o a dónde ir, la idea de contarle a alguien ni siquiera era una
opción. El dolor de la cabeza se estaba haciendo más fuerte, sus pensamientos
chocaron entre sí: dolor, tristeza, miedo, rabia.
Como
en los viejos tiempos, se mantuvo despierta hasta la madrugada, entonces su marido
llegó oliendo a alcohol, cigarro y prostituta. La única diferencia fue que por
vez primera, Alberto estaba completamente sobrio.
Ese
era el precio a pagar junto con la muerte, por más que bebiera, el alcohol era
insípido y no causaba ningún efecto. Los alimentos dejaron de saberle y su
delicioso aroma desapreció. Era cosa imposible que el muerto pudiera sostener
una relación sexual.
A
pesar de eso, el hombre salía a divertirse todas las noches. Su principal
exigencia era con respecto a la comida, tenía que estar lista a cierta hora.
Entonces sólo la cortaba y revolvía, luego se levantaba de la mesa y la mujer debía
comerse dos platillos o, en muchos casos, tirar un guisado entero.
En
un principio, la pareja se sostuvo por el dinero que cobraban del seguro de
vida. Pero los ingresos se terminaron muy pronto y el hombre le exigió a su
esposa que se pusiera a trabajar, bajo el pretexto de que él no podía ir a una
entrevista de trabajo, dada su condición.
Todas
las mañanas, Lucrecia hacía el quehacer y la comida. Su trabajo era de tres a
nueve, aunque casi siempre salía más tarde, como secretaria en una oficina
gubernamental.
Apenas
lograba dormir, el estrés la ponía de malas, se sentía casada y enferma. El
hombre se aprovechaba de la situación para llegar a la hora que quería o
inclusive invitaba a sus nuevos amigos al apartamento, dejando un tiradero que
la mujer tardaba horas en limpiar.
Un
día se organizó una fiesta en la oficina. Se celebraba el cumpleaños del jefe y
Lucrecia decidió irse temprano del lugar, así podía ir a descansar a su casa,
nadie iba a darse cuenta de su ausencia.
En
cuanto entró al departamento pudo oír unos murmullos en su cuarto y cuando fue
a investigar vio a su marido completamente desnudo, dándole un masaje en la
espalda a una mujer que no pasaría de los treinta años. Los amantes pararon las
risas. Lucrecia sintió como la cabeza comenzaba a darle vueltas.
—Mejor
te vas, preciosa—dijo Alberto a la prostituta. Ella tomó su vestido de la cama
y se fue corriendo del cuarto.
—Eres
un infeliz, hipócrita. Un pinche castigo. ¿Para qué regresaste? ¿Por qué no te
quedaste muerto? ¡Vete a la chingada!
—A
mi no me vas a hablar así…
—¿Cómo
puedes ser tan cínico? ¡Muérete otra vez! ¡Déjame sola! Estaba mejor sin ti…—
en las últimas palabras, la voz ya se le había quebrado.
Lucrecia
se tiró al suelo, sus gritos eran rasposos y los interrumpía el llanto. Alberto
intentaba levantar a su esposa, pero ella le apartó con brusquedad las manos,
mientras sus intentos de palabras se transformaban en lamentos.
—Por
favor Lucrecia, no es para tanto. Tranquilízate de una vez. Voy a salir para que te calmes.
La
mujer se quedó en el suelo, le dolía el cuerpo y los pulmones. Respiraba con
dificultad, el viento frío le calaba la piel y el rostro se había quedado
entumido. Cuando las lágrimas ya no le brotaron y la garganta se le cerró por
completo, se fue arrastrando a su cama
con la voluntad hecha pedazos.
Alberto
se cansó de pedirle a su esposa que regresara al trabajo o que mínimo se
levantara. La mujer no reaccionó a las exigencias y amenazas, sólo se ponía de
pie para comer o ir al baño. Ahora cocinaba para una persona, ignorando a su
marido, ni siquiera le dirigía la palabra.
El
hombre se hartó de aquella actitud, pero era difícil hallar algo en qué
distraerse. Su frecuencia a los bares y burdeles aumentó sin que encontrara
beneficios, pues la molestia crecía en lugar de disminuir. En su desesperación
intentó consumir algunas drogas, pero el efecto en él era nulo.
Dejó
de salir, pues nada lo entretenía. Se la pasaba sentado en la sala como si
fuera un mueble más. Con el tiempo, Lucrecia volvió a levantarse y buscó otro
trabajo.
Había
veces que Alberto tiraba una taza, un vaso o quemaba el guiso, todo para llamar
la atención de su mujer, pero lo único que ella hacía era recoger el vaso roto
o tirar el guiso arruinado y salir a comer en otro lugar.
Una
tarde por fin, Alberto vio como Lucrecia comenzaba a guardar sus cosas en cajas
y maletas. Exigió a su esposa que le explicara todo eso, pero seguía siendo
ignorando.
El
hombre vació un par de maletas, le gritaba en el oído e inclusive quiso
golpearla. Nada funcionó y antes de que anocheciera, las cajas estaban en la
calle y las maletas en la puerta.
El claxon
de una camioneta roja anunciaría el comienzo de la mudanza. Lucrecia saludó a
un hombre de cabello cano que bajaba del auto para guardar las cajas en la
cajuela. Alberto sentía una mezcla de desesperación y miedo.
Cuando
vio que su esposa estaba a punto de irse, corrió a su cuarto por la pistola
para amenazarla. Al abrir la puerta, la mujer dio un último vistazo hacia atrás,
sus ojos estaban vacios, decididos a dejar todo atrás y lo único que él pudo
hacer fue bajar el arma para ver como su mujer se iba para siempre de su lado.
Alberto
no tenía a dónde o con quién ir. Estaba condenado a soportar su estado en aquel
lugar vacío y solo. Entonces se dio cuenta que hacía apenas uno momento, todavía
conservaba un poco de vida.
México D.F a 28 de Octubre de 2012.

Digamos que hay vas, tampoco digo que bruto que gran escritor, pero viendo las circustancias de que estas chavo sin haber terminado la prepa y solo pasar como 12 materias de las 37 de la prepa creo que si te lo propones y estudias literatura tus cuentos, ensayos etc. mejorarían bastante.
ResponderEliminarNo seas un webon conformista!!!
Muchas gracias por leer, espero poder crecer con los comentarios que me dan.
EliminarSólo un punto, al parecer no me conoces, dado que lo que dices no concuerda conmigo. No sólo terminé la prepa, sino que ahora estoy estudiando la licenciatura de historia y espero en dos semetres entrar a Letras Hispánicas para así tener una doble licenciatura. Así que de huevón y conformista no tengo ni un pelo.