miércoles, 28 de marzo de 2012

Los viejos vecinos.


Los viejos vecinos.
Extensión del cuento Vecinos, de Javier Valdés.
Antonio Lotzano se encontraba recostado en el sofá-cama de su viejo departamento. Miraba el techo blanco mientras buscaba una razón para levantarse. El sol acababa de salir y entre más tardara en irse a trabajar menos hot-dogs vendería.
Se levantó del sofá-cama y, arrastrando los pies, llegó hasta el baño. El reflejo del espejo revelaba un rostro arrugado, con los ojos cansados, los parpados caídos y las mejillas llenas de pequeños vellos canos. Se pasó la mano por la cabeza y acarició el poco cabello blanco que le quedaba alrededor. Hoy no se bañaría. Decidió simplemente lavarse el rostro y salir a trabajar.
Lotzano trabajó hasta muy altas horas de la noche. Al llegar a su departamento vio a una mujer de cabello negro parada frente a su puerta. Vestía una playera blanca y una mini falda de mezclilla que hacia lucir sus largas piernas. A Lotzano le pareció un viejo fantasma que había regresado para terminar lo que empezó.
Pensó en ignorar a aquella mujer. Con manos sudorosas, sacó las llaves de su bolsillo y se acercó a la puerta, fijando la mirada en la cerradura.
—Buenas noches— dijo la mujer con voz suave.
El señor Lotzano la ignoró, pensando que era un truco de su mente, tal vez un espectro que el cansancio había revivido y que desaparecería con una noche de sueño. Suspiró e intentó abrir la puerta, pero la mano le temblaba en exceso. 
—Buenas noches— repitió la mujer. — ¿Antonio? ¿Antonio Lotzano?
— ¿Quién lo busca?— la voz le temblaba y tenía ganas de soltarse a llorar.
—Tu hija Purísima.
Lotzano no daba crédito a lo que oía, volteó y vio frente a él a una mujer de unos treinta años, ojos cafés y cabello largo. Le sonreía y lo veía con nostalgia. Inmediatamente la abrazó con todas sus fuerzas.
—¡Oh, hija! Ha pasado tanto tiempo. Pasa, ven, estás en tu casa.
Purísima se sentó en el sofá-cama, su padre le ofreció una taza de café que ella aceptó con gusto. Después de verse a los ojos en silencio e intercambiar sonrisas tímidas, ella decidió hablar.
-¿Cómo terminaste aquí? En esta pocilga. ¿Cómo llegamos a merecernos esto?
—Ya estoy viejo, hija. Cuando uno llega a mi edad es mejor olvidar ciertas cosas.
—Pues yo no he  olvidado. Once años en la cárcel me sirvieron para darme cuenta de lo que nos pasó.
—¿Y qué nos pasó?
—Los Casquivan, ellos fueron lo que nos pasó. ¿Qué fue de Fidel? ¿He? Tu hijo mayor. ¿Lo recuerdas? ¿Sabes qué fue de él?
—Sólo sé que se fue.
—Se escapó con la puta del gordo Casquivan. Con la tal Tita. ¡Lo buscan por homicidio!
‘¿Y Virgen? La mató Deseo Casquivan. Se la cogió y después la dejó como trapo usado.
‘¿Y mamá? No fue normal que se ahorcara en el baño.
—Eso no pareció importarte mucho.
—Al principio no. Estaba apendejada por otras cosas. A ti tampoco pareció importarte.
—¿Y qué fue de ti, he? ¿Me vas a decir que también los Casquivan te volvieron drogadicta y narcotraficante?
—Sí— la voz de Purísima se entrecortó y los ojos comenzaron a humedecérsele.— Por culpa de Adonis Casquivan probé la droga. ¡Por su culpa me volví adicta! ¡Por su culpa terminé en un maldito hoyo! Sobreviviendo en las calles y luego en la cárcel, chupando coños a cambio de protección. Esos no eran mis planes, eso no era lo que quería para mí…
—Pero al final tú fuiste quién tomó las decisiones. Nadie nos obligó a hacer lo que hicimos.
—¡Se aprovecharon de nosotros, papá! Date cuenta. Éramos buenas personas, no le hacíamos daño ni a una mosca y se aprovecharon de eso. ¿Qué fue de ti? Estás en la ruina. ¿Qué pasó?
El señor Lotzano vio la pared color crema por un memento, se hundió en sus pensamientos y navego en recuerdos ya enterrados. Mordiéndose los labios y obligándose a hablar, dijo.
—Viviana Casquivan, eso me pasó. Pensé con el pene en lugar de usar la razón y terminé en la ruina. Sin ustedes, sin su madre.
Lotzano comenzó a llorar. Purísima lo tomó de la mano y le sonrió.
—Vivíamos en nuestra burbuja de perfección, papá y ellos la rompieron. Nos enseñaron el mundo, sí. Es momento de enseñarles lo que aprendimos. ¿Estás conmigo?
Lotzano volteó a ver a su hija y vio en su mirada un odio impresionante, un odio que compartía con ella y que le hacía hervir la sangre. Los dos se sonrieron y al fin le dijo, acercándose a ella como si le fuera a contar un secreto.
—¿Qué planeas?

—¡Oye güey! ¿Qué tu vieja ya salió de la cárcel?
La música del antro hizo que el hombre de playera roja tuviera que gritar. Adonis tomó la cerveza que le ofreció y contestó.
—¿Cuál vieja?
—La morra que te desvirginaste. ¿Cómo se llamaba?... ¡Purísima!
—¡No mames que ya la soltaron!
—¿De qué hablan?— un hombre de playera azul, con los ojos rojos y cerveza en mano, se acercó a la mesa de Adonis y se sentó junto a él.
—¡De qué Purísima salió de la cárcel!- dijo el de rojo.
—¡No la chingues! ¡Esa vieja cogía bien rico!
—¿Te la cogiste, güey?— le dijo Adonis.
—¡Uta, que si no! ¡Cuando no estabas con ella se iba con la alta sociedad, ya sabes, con los de la mejor coca y el puro varo, papá!
—Mira, hablando de la reina de Roma.
El hombre de playera roja señaló la puerta. Purísima iba entrando al antro, se acerco a la barra, miró el lugar y se detuvo en la mesa de Adonis, sonrió y el bartender le dio dos cervezas. Tomó las bebidas y se acercó sonriendo a la mesa.
—Hola, Pollo— le dijo al tipo de la playera azul.
—¿Qué onda, Purísima?
—¿Estás sólo?
—Ahora sí. Órenle güeyes, lléguenle.
Adonis y el hombre de rojo se levantaron de la mesa.
 —¿Qué ya no saludas?— le dijo Adonis a Purísima antes de irse.
—Lo siento, corazón. Sólo me junto con lo mejor.
Purísima le entregó una de las cervezas al Pollo mientras se sentaba en sus piernas. Adonis se alejó, se sentó en la barra y pidió una cerveza mientras veía al Pollo y a Purísima.
El Pollo sacó de la bolsa de su pantalón una cajita de oro, la abrió, sirvió en una cucharita un polvo blanco e inhaló. Sirvió más polvo y se lo dio a Purísima, inmediatamente, ella sintió como todo su cuerpo se activaba. Empezó a tocar la entre pierna del Pollo y le dijo.
—¿Quieres darme la bienvenida?
Acto seguido, el Pollo se encontraba en el baño con la bragueta abajo y Purísima se encargaba, con la boca, de poner en práctica ciertas maniobras que había aprendido en prisión.
Al acabar su trabajo, Purísima salió del baño y cuando se dirigió a la puerta fue interceptada por Adonis.
­—No te digo, ya ni me saludas, Purísima.
—¿Qué hay, Adonis?
—¿Y ahora qué te traes con el Pollo?
—Nada. Simplemente que ahora me gustan los hombres de calidad. Ya no me mezclo con cualquiera.
—Yo soy de los cabrones, Purísima. Tengo una casa y tengo un buen varo. Mira, coca de calidad— Adonis sacó de su bolsillo una botellita llena de polvo blanco. Como en los viejos tiempos, se la puso en el dedo meñique y la inhaló, volvió a ponerla en su meñique y le ofreció a Purísima.
—¿Qué es ésta mierda?— dijo ella al inhalarla.— Esto es una porquería. La del Pollo, esa sí es coca de calidad.
—Mira cabrona, ya me estoy cansando…
—¿Algún  problema con mi novia?— el Pollo se acercó y abrazó a Purísima.
—No pasa nada, corazón. Ya me iba— el Pollo lanzó una mirada fulmínate a Adonis y se alejó. — Ese sí es un hombre. Piénsalo.
Mientras Purísima salía del antro, Adonis no le quitaba la mirada de encima a su trasero. Si bien hace unos años le había parecido atractiva la virginidad de la chica, la fiereza con la que había regresado le pareció excitante. Tenía que volver a poseerla y demostrarle que era más hombre que el Pollo, a como diera lugar.

Purísima despertó llegada la tarde. Su padre no había ido a trabajar, se quedó todo el día practicando cómo ocultar cartas bajo su manga sin ser detectado y estudió las mejores jugadas para ganar en el póquer.
Purísima tomó su cartera y le dio un papel con una reacción a su padre, para que esa misma noche fuera a practicar las habilidades aprendidas con las cartas. También le dio un fajo de billetes y le dijo que no se preocupara en  apostar hasta el último centavo. Dicho esto se despidió de su padre con un beso en la frente y se fue.
El dinero había sido un regalo del Pollo, como agradecimiento de las habilidades mostradas la noche anterior. El regalo era tan bueno, que Purísima pudo ir a una buena tienda y comprar ropa de calidad.
Botó sus viejas prendas, se puso un vestido con un bello estampado floral y se fue a almorzar a uno de los mejores restaurantes de la ciudad.
Estaba empezando el plato principal cuando unas risas llamaron su atención. A dos mesas de ella se encontraba un hombre rubio y guapo platicando con una chica pelirroja. Purísima reconoció de inmediato al varón, sólo lo había visto salir un par de veces del viejo edificio dónde vivía antes de entrar a la cárcel, pero ella nunca olvidaba una cara. Ese hombre era Deseo Casquivan.
Le preguntó al mesero si aquella pareja asistía a menudo al restaurante, usando de pretexto que la mujer le pareció conocida. El mesero le dijo que ella era Samanta Covarrubias, hija de un importante empresario bancario. Solía venir más a menudo al medio día para almorzar sola, pero la cena de esa noche debía de ser una celebración importante de la pareja porque habitualmente no iban juntos.
Purísima vio como su plan de venganza comenzaba a tomar forma. Pagó la cuenta y se fue del restaurante, esa noche volvería al antro a visitar al Pollo y a calentarle los ánimos a Adonis.
El señor Lotzano llegó a un bar del centro de la ciudad de México, el lugar olía a alcohol, tabaco, orines y sudor. Había varias mesas donde jugaban póquer. Se acercó a la barra, pidió un tequila para darse valor, vació el caballito de un trago, se acercó a la primera mesa que vio y se dispuso a apostar.
En pocas horas había doblado el dinero que traía. Al principio tenía miedo que le descubrieran sus tretas y sus mañas, pero pasado un rato las aplicaba con mucha naturalidad. Terminó tan feliz esa noche que se fue a celebrar a un burdel, hace mucho que no se acostaba con una mujer.
Al día siguiente, Purísima regresó al restaurante justo al medio día. Pidió un vaso de jugo de naranja, repasó  su plan en la cabeza un par de veces y cuando vio llegar a Samanta se terminó el jugo y se acercó a su mesa.
—¿Samanta? No puedo creerlo, eres Samanta Covarrubias.
—¿Eh, sí?— le contestó Samanta, algo confundida.
—¿No te acuerdas de mí? Soy Purísima Lotzano. Íbamos a la prepa juntas.
—¿Ah sí?
—Sí. Tomábamos mate con ese profesor… ¿Cómo se llamaba? Uno medio pelón.
—¿El profesor Rodríguez?
—¡Ese! ¿Sí daba mate?
—Física.
—Se parece. ¿Te molesta si me siento?
—Supongo que no.
—Tenemos mucho que platicar.
Aquella actuación le había salido excelente, al parecer Samanta no sospechó nada. Purísima se sentó junto a ella y se pusieron a platicar por un rato de maestros que no conocía, clases que nunca tomó y amigos que nunca tuvo.
Platicaron un rato cuando se acercó a la mesa una mujer más o menos de su edad, cabellos negro azabache, ojos verdes y labios gruesos. Al verla, Samanta sonrió, se levantó y la saludó de beso. A Purísima le pareció conocida aquella chica, pero no supo bien de dónde.
—Perdón, Purísima— dijo Samanta. — Olvide decirte que esperaba a alguien. Viviana, ella es Purísima, una amiga de la prepa. Purísima, ella es Viviana Casquivan, mi cuñada.
Purísima sonrió y se levantó de la mesa para saludarla. Entendió porque su rostro le parecía conocido, nunca la había visto, pero Viviana se parecía mucho a su hermano Deseo. Esa era la oportunidad que esperaba, así podía matar dos pájaros de un tiro.
Cuando Viviana se sentó junto a ellas, pidieron el almuerzo y empezaron a platicar. Purísima congenió de inmediato con ellas, sólo necesitó poner cara de mustia, reírse de todos los chistes que decían y hablar de ropa, celulares, autos y ese tipo de cosas.
Terminado el almuerzo, Samanta invitó a Purísima a una reunión que habría al día siguiente en su casa. Le dio su dirección y el número de su celular para que estuvieran en contacto. Se despidieron como si fueran viejas amigas.

Purísima le sugirió a su padre que regresara al bar a apostar todo el dinero, perdiendo cada centavo. Así verían si era igual de convincente cuando perdía a propósito. Esa noche, el señor Lotzano apostó y perdió casi todo el dinero que traía, pero guardó lo suficiente para regresar al burdel. Ahí había conocido a una joven morena que le encantó, su nombre era Alfonsina.

La reunión de Samanta resultó ser una elegante fiesta llena de alcohol y drogas. Purísima convivió con un par de personas que le presentó su nueva “amiga”, pero no dejaba de seguirle la huella a ella, a Viviana y a Deseo, quién también estaba ahí.
Purísima se valía del arte de seducción, que le habían enseñado unas prostitutas en la cárcel,  para coquetearle a Deseo. Él no podía evitar sentirse incomodo por las miradas y sonrisas de la mujer, no sabía si así era la chica o si le estaba coqueteando, pues Purísima disimuló bien sus insinuaciones. Su objetivo no era abalanzarse sobre Deseo, sino que quería que él no pudiera sacársela de la cabeza.
Deseo estaba prometido con Samanta y era la única mujer a la que no había engañado, pues no le convenía arriesgarse a que lo descubrieran, al menos antes de la boda. El padre de Samanta le había prometido a su futuro yerno hacerlo socio del banco, así que la relación que tenía Deseo con Samanta era más por conveniencia que por otra cosa.
Por ésta razón, Deseo había guardado la compostura, pero él nunca había sido hombre de una mujer y ahora con las insinuaciones de Purísima no sabía cuánto tiempo se iba a poder contener.
Avanzada la fiesta, Purísima no se alejó de Viviana, platicaron por un buen rato y después de un par de bebidas y unos “pericasos”, se alejaron de la multitud y fueron juntas al baño, pues Purísima le tenía que contar un secreto a Viviana.
Las chicas se encerraron en el baño, Purísima le ofreció una inalada de una coca muy fuerte a la chica Casquivan, quién de inmediato empezó a carcajearse con todas sus fuerzas. Purísima ya estaba acostumbrada a ésta droga, pero Viviana no podía contener la risa. Pasadas unas tres inhaladas, Purísima sacó una dosis de metanfetamina, regalo del Pollo. Viviana estuvo drogada toda la fiesta gracias a la metanfetamina.

Había pasado un mes desde que Purísima comenzó con su plan de venganza. Se enteró, gracias al Pollo, que Adonis tenía un gran deuda con varios narcotraficantes, pedía dinero que no podía pagar e inclusive sospechaban que le estaba robando a sus propios jefes. Purísima sabía que todo esto lo hacía para impresionarla.
Claro que ella pelaba de vez en cuando a Adonis, pero sólo lo hacía para calentarle los huevos, así gastaría todo su dinero en intentar estar con ella. Era cuestión de tiempo para que se quedara en la ruina.
En ese mes también había logrado convertirse en la mejor amiga de Samanta Covarrubias, inclusive fue una de sus damas de honor en su boda con Deseo, haciendo que no sospechara que le coqueteaba con frecuencia a su nuevo esposo. Él se obsesionaba más y más con Purísima, hasta el punto de imaginarse teniendo relaciones sexuales con ella cuando se acostaba con Samanta.
Viviana se estaba volviendo adicta a las metanfetaminas, gastaba mucho dinero en comprar sus drogas y se había vuelto clienta frecuente del Pollo.
Por otra parte, el seño Lotzano se estaba volviendo rico con las apuestas de póquer. Se estaba volviendo en un estafador de primera y estaba listo para ejecutar su último golpe.
Era domingo, pasadas de las nueve, cuando tocaron a la puerta de Deseo. Al abrirla se encontró con Purísima. Él le explicó que Samanta había salido a misa, pero ella no venía por Samanta.
Purísima no tardó más de cinco minutos en lograr seducir a Deseo. Lo convenció de llevarla al mejor hotel de la ciudad. No salieron de ahí hasta caída la tarde. Purísima dejó a Deseo Casquivan dormido en la cama del hotel con veinte llamadas perdidas en su celular, todas de su esposa.
De ahí, Purísima de dirigió a la casa de Adonis. Tocó la puerta de su ex novio y cuando éste le abrió no le dio tiempo ni de hablar. Purísima lo besó y lo llevó directo al cuarto. Justo en medio del acto sexual, ella lo convenció de grabara todo con su celular.
Cuando Antonio Lotzano llegó a casa de sus antiguos vecinos, los Casquivan, lo recibió un hombre arrugado, panzón y que expiraba un fuerte olor a alcohol y tabaco. Él era el señor Casquivan.
Casquivan recibió a Lotzano como a un viejo amigo, lo invitó a pasar y después de un par de cervezas se sentaron a jugar póquer. Lotzano perdió todo el dinero que traía, haciendo creer a Casquivan que estaba jugando con un pobre diablo.
Al día siguiente, muy temprano, Purísima aprovechó que Deseo estaba trabajando y fue a visitar a Samanta. Llegó llorando, le contó que se había acostado con su esposo y la convenció de que todo había sido idea de él. Samanta explotó en cólera, corrió a Purísima de su casa y se quedó llorando por horas, pero por alguna extraña razón con quién se quería desquitar era con su esposo.
Esa tarde, Viviana fue a visitar al Pollo, pues le había llegado una droga muy fuerte de Brasil y ella quería ser la primera en probarla. Sin embrago, la chica Casquivan debía mucho dinero. Negociaron un rato, hasta que el Pollo llegó a la conclusión que no le sería difícil vender un cuerpo como el de Viviana. Ella aceptó a prostituirse por la droga.
Caída la noche, Purísima fue a visitar al Pollo para decirle que Adonis la había drogado, violado y que grabó todo para subirlo a internet. Por supuesto que esto que no le interesaba mucho al Pollo, pero cualquier pretexto era bueno para deshacerse de Adonis.
Samanta y Deseo se dirigían a una cena familiar cuando él recibió un mensaje, de un número desconocido, que decía: “Espero tengas una noche agradable. Atte: Virgen Lotzano”.
Al leer el mensaje, Deseo se puso pálido, le temblaron las manos y empezó a sentir un sudor frío recorrerle la nuca. Sólo había conocido a una Virgen en toda su vida, pero era imposible que fuera ella quién escribió el mensaje.
—¿Quién es, amor?— preguntó Samanta al ver que Deseo guardaba rápidamente su celular.
—Nadie.
—¿No será de casualidad alguna de tus amantes?
—¿Perdón?— Deseo sintió como si el estomago se le hubiese vaciado.—¿De qué hablas, amor?
Samanta se puso rígida, los ojos se le aguadaron, apretó la mandíbula, empezó a acelerar y volteó a ver a Deseo con la mirada llena de rencor.
—¡Te acostaste con mi amiga, cerdo!
—Amor, vas muy rápido…
—¿Cómo pudiste hacerme eso?
—Samanta, tranquilízate, podemos aclarar las cosas, dime de qué éstas hablando.
—Como eres hipócrita. Sabes bien de qué estoy hablando. ¡Te acostaste con Purísima Lotzano!
Al escuchar el apellido, Deseo sintió como si le aventaran un balde de agua fría. Samanta había empezado a llorar y el auto iba tan rápido que casi se levantaba del suelo. Deseo intentó tomar el volante, pero fue demasiado tarde. El coche dio mal una curva y chocó contra un poste de luz, llenando la calle con la sangre de Samanta y Deseo Casquivan.
El señor Lotzano regresó a jugar con el gordo Casquivan y lo estaba dejando en la quiebra. El gordo se decía una y otra vez que su contrincante estaba pasando por una racha de buena suerte y que tarde o temprano se iba a acabar y podría recuperar su dinero.
El Pollo y sus secuaces entraron a la fuerza a casa de Adonis. Lo amarraron y lo golpearon por un largo rato, hasta que lo hicieron rogar misericordia.
—¿Todo esto por una vieja, Pollo?— dijo para intentar defenderse.
—La verdad, Adonis, es que ya nos tienes hasta la madre. Ella sólo es el pretexto. Bien chicos, ya saben qué hacer.
Los secuaces del Pollo le bajaron los pantalones a Adonis y le cortaron los testículos con una navaja. El hombre gritó con todas sus fuerzas, sus lamentos se escuchaban en toda la calle, se retorcía en el suelo y rogaba por piedad. Pasaros cinco minutos de agonía hasta que una bala en la nuca terminó con el sufrimiento de Adonis Casquivan.
Purísima llamó a la puerta del apartamento de los Casquivan. La recibió el señor Casquivan, le ofreció una cerveza a la mujer, quién aceptó con mucho gusto. Al pasar, ella se sentó junto a los señores para ver el juego.
—Ya perdiste mucho dinero, Casquivan— decía Lotzano mientras se servía otra cerveza. —Ya no tienes nada que apostar.
—¿Te puedo quedar a deber?
—Ya me debes mucho. Mira, mejor me voy y jugamos mañana.
—No, no, no. Espérame, yo…—el gordo Casquivan se levantó de la mesa, se fue a su cuarto y al poco rato regresó con unos papeles que aventó a la mesa. —Apuesto mi casa.
—¿Estás seguro?
—Sí. Vamos a jugar.
Los señores se repartieron las cartas, el gordo Casquivan estaba convencido de que iba a ganar ésta ronda, el señor Lotzano ya ni se preocupaban. En un descuido de Casquivan, Lotzano sacó de su manga un as de espadas y ocultó un seis de corazones, logrando así ganar el juego.
—¡Me hiciste trampa!— dijo Casquivan en un arranque de ira.
—Fue un juego limpio— contestó Lotzano mientras recogía las escrituras del apartamento.
—¡Dame esos papeles!
—¡Atrás, pendejo!— Purísima apuntó a Casquivan con una automática que traía en su bolso.— Apostaste y perdiste, cabrón. ¡Ahora lárgate de nuestra puta casa!
El señor Lotzano se alejó temblando de los Lotzano, esa no era la familia que conoció hace once años. Los vio a los ojos y sintió como se le anudaba la garganta, no le quedaba otra cosa que salir de ahí.
Purísima bajó la pistola, sonrió y abrazó a su padre. Lo habían logrado, al fin se pudieron vengarse de la familia Casquivan.
Al día siguiente cambiaron la chapa de la puerta para que el señor Casquivan no pudiera regresar. El señor Lotzano decidió dedicarse a apostar en diversas mesas de póquer, le pareció una buena forma de ganarse dinero fácil. Sacó a Alfonsina del burdel y la llevó a vivir con él.
Purísima decidió que no quería arriesgarse a volver a la cárcel, así que buscó un trabajo menos peligroso que el narcotráfico; se dedicaba a robar ropa de los tendederos y venderla en el mercado. A los policías no les importaba mucho buscar a una ladrona así, además por cualquier cosa, contaba con la protección del Pollo.
Cierto sábado llegaron unos nuevos inquilinos al apartamento del cuarto piso, justo debajo de los Lotzano. El domingo, los nuevos vecinos se presentaron en todos los departamentos y fue en el de la planta baja donde les advirtieron de los viciosos del quinto piso. El padre era un jugador ebrio que tenía como concubina a una prostituta, la hija era una ladrona que tenia amistades con narcotraficantes, los Lotzano eran peor familia que le había tocado a ese edificio. 

 

1 comentario:

  1. excelente continuación y final alternativo , me hiciste la tarde
    gracias

    carlos

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