La noche que no olvido
Alejandro Rodríguez Castillo
El
sol del atardecer se reflejaba en las espaldas de los coyotes, húmedos por el
baño que se daban ante los ojos de los transeúntes. Eran animales majestuosos,
inertes en su juego de hermanos, no estaban vivos y aún así llenaban de vida la
plaza de Coyoacán, la refrescaban con ese chorro de agua nacido de sus espaldas
y que caía en la piscina circular.
Laura
se sentó alrededor de la fuente, tenía la mirada sumergida en un libro de
Neruda. Las letras del chileno eran un veneno suave que se colaba en las
pupilas de la joven callada, ausente, distante, se veía idéntica a la musa que
describió el poeta en sus melodiosos versos.
El
lugar estaba en silencio, sólo lo interrumpía el suspiro de un lejano
organillero y el ruido del agua al caer en la fuente, un golpeteo parecido al
murmullo de los jóvenes reunidos en aquella plancha lejana, la mayoría estudiantes,
pero también se veían profesores e incluso algunos niños revueltos entre la
multitud. Llevaban pancartas y propaganda, todos empapados con sus pensamientos
revolucionarios recién contagiados por las visiones europeas, vivían con la
esperanza de que el movimiento se convirtiera en una revolución pacífica.
Un
micrófono se apagó, un joven terminaba de dar su discurso y justo antes de que
los presentes comenzaran a aplaudir, Luis se despedía de su mejor amigo con
un apretón de manos y un abrazo. Al
golpearse las espaldas, el segundo dijo, casi como si fuera un secreto, ‘buena
suerte mi hermano’.
Luis sintió como si las palabras de su amigo
le hubieran perforado el estómago, faltaba una hora para esa cita a la que se
había prometido no faltar, iban a verse en el mismo lugar dónde se dijo el sí
quiero ser tu novia, eso pasó tres años atrás, ahora el tiempo corría lento y
se transformaba en nauseas y mareos por los nervios. Sólo pasaron seis minutos desde que Luis vio a su
amigo alejarse, entonces una luz roja se fundió con el atardecer mientras el
sol se despedía y la luna se acercaba a paso lento.
Coyoacán
era cobijado por el frío, Laura sentía la desesperación pasearle por el pecho,
volteó hacia todos lados y en el rostro de las personas buscaba encontrarlo a él,
no parecía ser normal que llevara casi una hora de retraso. Las piernas de la joven temblaban y se mordió
tantas veces el labio inferior que casi lo hace sangrar. En el momento en que sus ojos comenzaban a
humedecerse, sintió por fin una bocanada
de aire invadirle los pulmones, a lo lejos
se alcanzaba a ver una sombra que corría para llegar a ella.
Un
joven cayó a los pies de Laura, estaba sudado y en el rostro se le vio una
mezcla de impresión y miedo, parecía que fue testigo del fin del mundo y apenas
pudo escapar de éste. Respiraba por la boca, los labios le temblaban y cuando
logró abrirlos, sólo pudo emitir un sonido fuerte, idéntico al estruendo que
todos escucharon horas antes en la plaza, luego del grito ‘Batallón Olimpia.
¡Presente!’ Entonces los jóvenes echaron a correr de un lado a otro, una
estampida humana que no sabía a dónde ir o con quién.
Uno
a uno, aquellos revolucionarios novicios caían al suelo, a lo lejos se
escuchaban las lágrimas de los padres, amigos y hermanos, convertidas en
cilindros de metal dorado. Escribían en el aire un último adiós y en un segundo
impactaban contra sus víctimas. Buenas noches y el calor se iba.
Entres
esas lágrima nacían las de una joven que no pudo evitar el temblor de las
piernas al escuchar la noticia, se repetía una y otra vez que era una broma,
debía tratarse de eso, pero aquel que estaba ante ella, con la cara destrozada,
el corazón en la garganta y sin dejar de repetir, ‘estaba ahí… mi hermano. Lo
vi todo desde lejos y no supe en qué
terminó, eche a correr… como un cobarde. ¡Mi hermano!’
Las
palabras inundaban la cabeza de Laura, un revoltijo de moscas que daban vueltas
por su cerebro y apenas le permitían asimilar las cosas, revolvían todo y al
final lograron que las lágrimas resbalaran por las mejillas e impactaran el
costado de Luis.
Comenzó
a caer como las manecillas de un reloj, marcaba los segundos, las horas, los
meses y años que pasó Laura sin olvidarlo, sin borrarse el día que estuvo
esperando sentada en la fuente de los coyotes y siempre, al regresar, veía su
reflejo en el agua, los cabellos canos, el rostro arrugado. Ya no era musa de
poetas, el tiempo pasó, pero el chorro naciente en las espaldas no dejaba de
caer y ‘Luis no te olvido’, decía ella, pero hacía mucho tiempo que el joven chocó
contra el suelo, mientras la sangre comenzaba a derramarse a los costados y una
pequeña cajita caía de sus bolsillos, la que escondió el anillo de compromiso.
México D.F a 6 de enero de 2013