domingo, 6 de enero de 2013

La noche que no olvido


La noche que no olvido
Alejandro Rodríguez Castillo
El sol del atardecer se reflejaba en las espaldas de los coyotes, húmedos por el baño que se daban ante los ojos de los transeúntes. Eran animales majestuosos, inertes en su juego de hermanos, no estaban vivos y aún así llenaban de vida la plaza de Coyoacán, la refrescaban con ese chorro de agua nacido de sus espaldas y que caía en la piscina circular.
Laura se sentó alrededor de la fuente, tenía la mirada sumergida en un libro de Neruda. Las letras del chileno eran un veneno suave que se colaba en las pupilas de la joven callada, ausente, distante, se veía idéntica a la musa que describió el poeta en sus melodiosos versos.
El lugar estaba en silencio, sólo lo interrumpía el suspiro de un lejano organillero y el ruido del agua al caer en la fuente, un golpeteo parecido al murmullo de los jóvenes reunidos en aquella plancha lejana, la mayoría estudiantes, pero también se veían profesores e incluso algunos niños revueltos entre la multitud. Llevaban pancartas y propaganda, todos empapados con sus pensamientos revolucionarios recién contagiados por las visiones europeas, vivían con la esperanza de que el movimiento se convirtiera en una revolución pacífica.
Un micrófono se apagó, un joven terminaba de dar su discurso y justo antes de que los presentes comenzaran a aplaudir, Luis se despedía de su mejor amigo con un  apretón de manos y un abrazo. Al golpearse las espaldas, el segundo dijo, casi como si fuera un secreto, ‘buena suerte mi hermano’.
 Luis sintió como si las palabras de su amigo le hubieran perforado el estómago, faltaba una hora para esa cita a la que se había prometido no faltar, iban a verse en el mismo lugar dónde se dijo el sí quiero ser tu novia, eso pasó tres años atrás, ahora el tiempo corría lento y se transformaba en nauseas y mareos por los nervios. Sólo  pasaron seis minutos desde que Luis vio a su amigo alejarse, entonces una luz roja se fundió con el atardecer mientras el sol se despedía y la luna se acercaba a paso lento.
Coyoacán era cobijado por el frío, Laura sentía la desesperación pasearle por el pecho, volteó hacia todos lados y en el rostro de las personas buscaba encontrarlo a él, no parecía ser normal que llevara casi una hora de retraso.  Las piernas de la joven temblaban y se mordió tantas veces el labio inferior que casi lo hace sangrar.  En el momento en que sus ojos comenzaban a humedecerse,  sintió por fin una bocanada de aire invadirle los pulmones,  a lo lejos se alcanzaba a ver una sombra que corría para llegar a ella.
Un joven cayó a los pies de Laura, estaba sudado y en el rostro se le vio una mezcla de impresión y miedo, parecía que fue testigo del fin del mundo y apenas pudo escapar de éste. Respiraba por la boca, los labios le temblaban y cuando logró abrirlos, sólo pudo emitir un sonido fuerte, idéntico al estruendo que todos escucharon horas antes en la plaza, luego del grito ‘Batallón Olimpia. ¡Presente!’ Entonces los jóvenes echaron a correr de un lado a otro, una estampida humana que no sabía a dónde ir o con quién.
Uno a uno, aquellos revolucionarios novicios caían al suelo, a lo lejos se escuchaban las lágrimas de los padres, amigos y hermanos, convertidas en cilindros de metal dorado. Escribían en el aire un último adiós y en un segundo impactaban contra sus víctimas. Buenas noches y el calor se iba.
Entres esas lágrima nacían las de una joven que no pudo evitar el temblor de las piernas al escuchar la noticia, se repetía una y otra vez que era una broma, debía tratarse de eso, pero aquel que estaba ante ella, con la cara destrozada, el corazón en la garganta y sin dejar de repetir, ‘estaba ahí… mi hermano. Lo vi todo desde lejos  y no supe en qué terminó, eche a correr… como un cobarde. ¡Mi hermano!’
Las palabras inundaban la cabeza de Laura, un revoltijo de moscas que daban vueltas por su cerebro y apenas le permitían asimilar las cosas, revolvían todo y al final lograron que las lágrimas resbalaran por las mejillas e impactaran el costado de Luis.
Comenzó a caer como las manecillas de un reloj, marcaba los segundos, las horas, los meses y años que pasó Laura sin olvidarlo, sin borrarse el día que estuvo esperando sentada en la fuente de los coyotes y siempre, al regresar, veía su reflejo en el agua, los cabellos canos, el rostro arrugado. Ya no era musa de poetas, el tiempo pasó, pero el chorro naciente en las espaldas no dejaba de caer y ‘Luis no te olvido’, decía ella, pero hacía mucho tiempo que el joven chocó contra el suelo, mientras la sangre comenzaba a derramarse a los costados y una pequeña cajita caía de sus bolsillos, la que escondió el anillo de compromiso.
México D.F a 6 de enero de 2013