Tu aliento que me dio una nueva vida
Alejandro Rodríguez Castillo.
Era
una tarde veraniega, las gotas de lluvia se hundían en el suelo con ritmo
pausado, se parecían a los dedos de los músicos al interpretar sus melodías en algún
piano; graves contra agudos que luchaban a destiempo y el paso de los
transeúntes que va en contra del ritmo celeste.
De
la masa de personas se desprendió una mujer con el maquillaje desarreglado, su
rostro se empapaba en una mezcla de lágrimas y gotas de lluvia, el pecho daba
saltos entre sollozos y un nudo en la garganta, como si la estuvieran
ahorcando, provocó una sonrisa invertida que intentó borrar durante toda la
tarde, pero le fue imposible.
Dio vueltas por horas alrededor de la misma
calle, algunas personas la veían y murmuraban, otras sólo volvieron el rostro
buscando indiferencia, pero es imposible ignorar a una joven que llora de esa
forma. Todos se preguntaban, y la mayoría llegaron a imaginarse las razones que
provocaban aquella pena.
Soportar las miradas era mejor que estar en casa,
pues ahí quedaban las marcas que él dejó: una sala convertida en zona de guerra
frente a una película tonta, con palomitas sirviendo de proyectil y minando el
suelo; esa habitación donde los peces hacían su danza nocturna, bailando entre
las ondas de las cobijas acuáticas; la
concina, que fue cuna del amor declarado hacia apenas tres años, mientras un
pastel, que terminó por quemarse, se horneaba.
Ella
había puesto la llave en la cerradura, pero su voluntad se quebró. No quería
entrar a ese mundo transformado en recuerdos, de esos que duelen sólo con
pensarlos y al paso del tiempo terminan siendo manchas en la piel, imposibles
de borrar.
Se sentó frente a la puerta y escuchó el sonido
celeste, parecía que la música de la lluvia se compuso para inmortalizar ese momento,
perdió la mirada entre las gotas largas hasta que se distrajo con algo. Enredado
entre los delgados hilos, provenientes de las nueves grises, un bulto violeta
caía al piso. Una vez cerca, la joven identificó a una mariposa batiéndose en un
duelo por su vida.
Supo
de inmediato que el insecto estaba destinado a perder la batalla, para salvarlo
de su funesto destino, lo tomó entre sus manos como si se tratase de una hoja
mojada a punto de romperse y entraron a la casa sin que la joven dudara ni un
momento, sólo sentía el impulso por rescatar a la moribunda mariposa.
Guardaba
bajo el escritorio una caja de vidrio, hogar de unos pececillos que nunca
compró, la cual puso frente a la ventana de su cuarto para mantener vigilada a la
mariposa, quién movía las alas de una forma tan lenta que se lograba apreciar
cada movimiento pausado, podría decirse que aquel esfuerzo le dolió y al mismo
tiempo lo único que deseaba era emprender el vuelo.
Durante
toda la noche, la lluvia dio pequeños golpecitos a las ventanas del cuarto y en
la madrugada, el ruido de los truenos se mezclaba con los sollozos de la mujer,
pues a altas horas de la noche sintió la frialdad de la cama vacía y no pudo
evitar el llanto.
La
mariposa acompañaba a su salvadora en las lágrimas, sólo que su lamento era
inaudible, aunque no por eso dolía menos. Su cuerpo estaba entumido, con
dificultad pudo sentir las patas y las antenas se enfriaron tanto que temió
llegar a perder alguna. Lo peor de todo eran las alas, pues sin la fuerza
suficiente para darles un movimiento rápido, le fue imposible imaginar que
volvería a ser libre.
La mujer apenas llegaba a levantarse de la
cama, incluso ahí eran sus desayunos, comidas y cenas; aún así se sentía débil.
Se bañaba de vez en cuando y su único pasatiempo durante el día era cambiarle
de canal a la televisión, pues la mayoría de los programas le recordaba las
risas del antiguo novio o las películas que criticaban juntos.
Cuando
dejó de ir a trabajar, sus amigas comenzaron a preocuparse. Le llamaron por
teléfono, pero para escapar de pláticas incomodas o alguna visita, les dijo que
ese dinero ahorrado para ir de viaje con
él a la playa, lo iba a utilizar en darse sus propias vacaciones. Tal vez las
mentiras funcionaron o sus amigas comprendieron que lo último que ella quería
era hablar con alguien.
Una
mañana, la lluvia comenzó a calmarse. Entonces ella fue al jardín por unas
ramas y, mientras adornaba la pecera, la mariposa dio unos aletos forzados,
parecía que dos corazones violetas daban unos latidos débiles, era su forma de
agradecer que le salvara la vida. Entonces la joven dibujó en su rostro una sonrisa
espontanea, nacida de un esperanza que apenas se salvó de morir.
Llegó
el otoño, que palidecía las hojas de los árboles para que el viento pudiera arrancarlas
de las ramas. Fue cuando la mariposa comenzó a mostrar signos de que su salud mejoraba.
Todos los días se pasaba dando vueltas en la pecera, hacía intentos de vuelo y
aunque todos eran fallidos, nunca se dio por vencida.
A la
mujer le gustaba empañar con su aliento el vidrio de la pecera y con la yema
del dedo hacía corazones o algunas veces llegó a escribir un mejórate pronto. Se sentaba a lado de la
mariposa para ver el atardecer e incluso, cuando quería desahogarse, platicaba
con ella.
La
joven comenzó a sentirse mejor y usó de pretexto que la despensa se había
terminado para volver a salir, pero no lo hizo por mucho tiempo. Todo había
cambiado: las personas le eran insoportables, se desesperaba en la fila del
super, el estar apretada en el
transporte público y el clima eran algo que apenas soportaba. Antes de llegar a
casa, pisó un montón de mierda fresca. Lo único que quiso al entrar a su hogar
fue volver a meterse en la cama.
Esa
misma noche, el deseo de rehacer su vida se fue y volvió a sus lamentos
nocturnos. La mariposa no pudo evitar la tristeza al ver el estado de su
salvadora, entonces movió las alas con fuerza, logrando volar por fin y, usando
toda su voluntad, quiso ir a lado de la joven; pero aun estaba muy débil y su
pequeño cuerpo apenas pudo resistir para avanzar unos centímetros antes de
desmayarse y caer al suelo.
Ese
invierno se sentía frío, rasgaba la piel con la sensación de la soledad y era
tan crudo que al tocar el cuerpo volvía más difícil que se curaran las heridas.
El viento se coló por los huecos de las ventanas e hizo que la joven despertara
temprano. Al levantarse por otra cobija apenas pudo mover el pie para evitar a
la mariposa, que agonizaba en el suelo.
La
mujer sintió un martillazo en el corazón, tuvo que fijarse bien en el insecto
para percibir que apenas movía una de sus antenas, único signo de que seguía
con vida. Entonces lo tomó entre sus manos, como la primera vez que pudo
rescatarlo de la muerte, y volvió a ponerlo en la caja de vidrio.
Vigiló
todos los días a la pequeña mariposa, algunas veces se quedaba dormida a lado
de la pecera y diario le empañaba el vidrio para escribir pequeñas frases. Eso
hizo que la mariposa siguiera con las esperanzas de seguir luchando. Sentía como
si alguien le apalastrara el cuerpo y pequeñas agujas se le enterraran en las alas,
pero sólo con pensar en el aliento que le ofrecía su salvadora el dolor
desaparecía.
Pasaron
las festividades de año nuevo juntas, “tengo que quedarme para cuidar a mi
mariposa, está enferma”, le dijo a su madre, a quién le molestó de sobremanera
aquel pretexto, sin embargo el padre la calmó para detener una discusión vía
telefónica. “Entiende a la niña, es obvio que sigue mal por su ruptura y lo
último que quiere es soportar a la familia”.
En
parte tenía razón, por su humor apenas aguantaría los comentarios de sus tías
chismosas a la hora de la cena: “¿Y por qué cortaste con tu novio? Estaba muy
guapo”. “Era tan buen partido” “¿Quién cortó a quién?” Pero también era cierto
que quería quedarse para cuidar al insecto, pues no mostraba signos de mejora.
Esa
madruga celebró las doce campanadas con unos caballitos de tequila por repique
y una sopa instantánea para cenar. Desde entonces se quedaba despierta hasta
ver el amanecer, oculto por la niebla invernal, junto con la moribunda
mariposa. Tenían la esperanza de ver como la niebla se dispersaba para que el
sol les calentara el cuerpo una vez más.
En
los últimos días del invierno, el frío comenzó a aumentar y una noche, el timbre
del teléfono despertó a la mujer. Atendió sin siquiera prestar atención al
identificador de llamadas, la voz que vino después del “Hola” hizo que el corazón
le acelerara. Era él, su voz fue un fantasma que regresaba para recordar que
alguna vez existió. Primero dijo que
hablaba para saludar y luego de darle varias vueltas a sus palabras por fin
dijo: “te extraño… discúlpame, pero no te olvido. Me di cuenta que en verdad te
quiero a ti. La corté, ya no significa nada para mí, lo juro. ¿Puedo pasar a tu
casa? ¿Podemos hablar?”
La
mente de la mujer fue envuelta con el velo de la duda, los labios le temblaban
y sentía el corazón en la garganta. Quería decir que sí, su piel quería volver
a tocarlo, aunque le doliera admitirlo, lo extrañaba; entonces vio a la
mariposa justo en el momento en que por fin pudo mover un poco las alas, y la
respuesta se disparó de sus labios como una bala: “No vengas, estoy ocupada” y
el teléfono fue colgado.
Esa
madrugada, el aire golpeó la ventana como si exigiera que le dejasen entrar y
al no obtener respuesta, se coló por las rendijas de los marcos, así volvió la
habitación un infierno helado. La mujer intentaba resistir al ataque del clima
y cubrió la pecera con todas las sábanas de su cama para evitar que la mariposa
muriera congelada.
Se
había quedado dormida abrazando la caja de vidrio y en la mañana sintió los
primeros rayos del sol que acariciaban su rostro. Al abrir los ojos, vio
aquellos tonos azules de una mañana primaveral. El calor era alegre, suave como
las caricias matutinas del amor. Entonces la joven, excitada y contenta, quitó
las cobijas de la pecera, sólo para encontrar a la mariposa en una esquina,
tiesa como las hechas de papel que venden en los mercados.
La
mujer abrió la ventana, de inmediato puso al insecto frente a los rayos del
sol, los cuales se reflejaban en sus alas, por un momento llegó a parecer que
la luz la había regresado a la vida. Pero fue inútil, la mariposa se sentía
helada y no se movió ni un centímetro.
La
joven acarició las alas del insecto y,
dándole un beso entre las antenas, lo puso en el marco. Una lágrima que
escondía una mezcla de felicidad, gratitud y tristeza se resbalaba por su
mejilla; el viento sopló sobre el cuerpo de la mariposa y sus alas se movieron
con suavidad, como los corazones que laten con la esperanza de una nueva vida.
