lunes, 17 de diciembre de 2012

Tu aliento que me dio una nueva vida



Tu aliento que me dio una nueva vida
Alejandro Rodríguez Castillo.
Era una tarde veraniega, las gotas de lluvia se hundían en el suelo con ritmo pausado, se parecían a los dedos de los músicos al interpretar sus melodías en algún piano; graves contra agudos que luchaban a destiempo y el paso de los transeúntes que va en contra del ritmo celeste.
De la masa de personas se desprendió una mujer con el maquillaje desarreglado, su rostro se empapaba en una mezcla de lágrimas y gotas de lluvia, el pecho daba saltos entre sollozos y un nudo en la garganta, como si la estuvieran ahorcando, provocó una sonrisa invertida que intentó borrar durante toda la tarde, pero le fue imposible.
 Dio vueltas por horas alrededor de la misma calle, algunas personas la veían y murmuraban, otras sólo volvieron el rostro buscando indiferencia, pero es imposible ignorar a una joven que llora de esa forma. Todos se preguntaban, y la mayoría llegaron a imaginarse las razones que provocaban aquella pena.
 Soportar las miradas era mejor que estar en casa, pues ahí quedaban las marcas que él dejó: una sala convertida en zona de guerra frente a una película tonta, con palomitas sirviendo de proyectil y minando el suelo; esa habitación donde los peces hacían su danza nocturna, bailando entre las ondas de las cobijas acuáticas;  la concina, que fue cuna del amor declarado hacia apenas tres años, mientras un pastel, que terminó por quemarse, se horneaba.
Ella había puesto la llave en la cerradura, pero su voluntad se quebró. No quería entrar a ese mundo transformado en recuerdos, de esos que duelen sólo con pensarlos y al paso del tiempo terminan siendo manchas en la piel, imposibles de borrar.
 Se sentó frente a la puerta y escuchó el sonido celeste, parecía que la música de la lluvia se compuso para inmortalizar ese momento, perdió la mirada entre las gotas largas hasta que se distrajo con algo. Enredado entre los delgados hilos, provenientes de las nueves grises, un bulto violeta caía al piso. Una vez cerca, la joven identificó a una mariposa batiéndose en un duelo por su vida.
Supo de inmediato que el insecto estaba destinado a perder la batalla, para salvarlo de su funesto destino, lo tomó entre sus manos como si se tratase de una hoja mojada a punto de romperse y entraron a la casa sin que la joven dudara ni un momento, sólo sentía el impulso por rescatar a la moribunda mariposa.
Guardaba bajo el escritorio una caja de vidrio, hogar de unos pececillos que nunca compró, la cual puso frente a la ventana de su cuarto para mantener vigilada a la mariposa, quién movía las alas de una forma tan lenta que se lograba apreciar cada movimiento pausado, podría decirse que aquel esfuerzo le dolió y al mismo tiempo lo único que deseaba era emprender el vuelo.
Durante toda la noche, la lluvia dio pequeños golpecitos a las ventanas del cuarto y en la madrugada, el ruido de los truenos se mezclaba con los sollozos de la mujer, pues a altas horas de la noche sintió la frialdad de la cama vacía y no pudo evitar el llanto.
La mariposa acompañaba a su salvadora en las lágrimas, sólo que su lamento era inaudible, aunque no por eso dolía menos. Su cuerpo estaba entumido, con dificultad pudo sentir las patas y las antenas se enfriaron tanto que temió llegar a perder alguna. Lo peor de todo eran las alas, pues sin la fuerza suficiente para darles un movimiento rápido, le fue imposible imaginar que volvería a ser libre.
 La mujer apenas llegaba a levantarse de la cama, incluso ahí eran sus desayunos, comidas y cenas; aún así se sentía débil. Se bañaba de vez en cuando y su único pasatiempo durante el día era cambiarle de canal a la televisión, pues la mayoría de los programas le recordaba las risas del antiguo novio o las películas que criticaban juntos.
Cuando dejó de ir a trabajar, sus amigas comenzaron a preocuparse. Le llamaron por teléfono, pero para escapar de pláticas incomodas o alguna visita, les dijo que ese dinero ahorrado  para ir de viaje con él a la playa, lo iba a utilizar en darse sus propias vacaciones. Tal vez las mentiras funcionaron o sus amigas comprendieron que lo último que ella quería era hablar con alguien.
Una mañana, la lluvia comenzó a calmarse. Entonces ella fue al jardín por unas ramas y, mientras adornaba la pecera, la mariposa dio unos aletos forzados, parecía que dos corazones violetas daban unos latidos débiles, era su forma de agradecer que le salvara la vida. Entonces la joven dibujó en su rostro una sonrisa espontanea, nacida de un esperanza que apenas se salvó de morir.
Llegó el otoño, que palidecía las hojas de los árboles para que el viento pudiera arrancarlas de las ramas. Fue cuando la mariposa comenzó a mostrar signos de que su salud mejoraba. Todos los días se pasaba dando vueltas en la pecera, hacía intentos de vuelo y aunque todos eran fallidos, nunca se dio por vencida.
A la mujer le gustaba empañar con su aliento el vidrio de la pecera y con la yema del dedo hacía corazones o algunas veces llegó a escribir un mejórate pronto. Se sentaba a lado de la mariposa para ver el atardecer e incluso, cuando quería desahogarse, platicaba con ella.
La joven comenzó a sentirse mejor y usó de pretexto que la despensa se había terminado para volver a salir, pero no lo hizo por mucho tiempo. Todo había cambiado: las personas le eran insoportables, se desesperaba en la fila del super,  el estar apretada en el transporte público y el clima eran algo que apenas soportaba. Antes de llegar a casa, pisó un montón de mierda fresca. Lo único que quiso al entrar a su hogar fue volver a meterse en la cama.
Esa misma noche, el deseo de rehacer su vida se fue y volvió a sus lamentos nocturnos. La mariposa no pudo evitar la tristeza al ver el estado de su salvadora, entonces movió las alas con fuerza, logrando volar por fin y, usando toda su voluntad, quiso ir a lado de la joven; pero aun estaba muy débil y su pequeño cuerpo apenas pudo resistir para avanzar unos centímetros antes de desmayarse y caer al suelo.
Ese invierno se sentía frío, rasgaba la piel con la sensación de la soledad y era tan crudo que al tocar el cuerpo volvía más difícil que se curaran las heridas. El viento se coló por los huecos de las ventanas e hizo que la joven despertara temprano. Al levantarse por otra cobija apenas pudo mover el pie para evitar a la mariposa, que agonizaba en el suelo.
La mujer sintió un martillazo en el corazón, tuvo que fijarse bien en el insecto para percibir que apenas movía una de sus antenas, único signo de que seguía con vida. Entonces lo tomó entre sus manos, como la primera vez que pudo rescatarlo de la muerte, y volvió a ponerlo en la caja de vidrio.
Vigiló todos los días a la pequeña mariposa, algunas veces se quedaba dormida a lado de la pecera y diario le empañaba el vidrio para escribir pequeñas frases. Eso hizo que la mariposa siguiera con las esperanzas de seguir luchando. Sentía como si alguien le apalastrara el cuerpo y pequeñas agujas se le enterraran en las alas, pero sólo con pensar en el aliento que le ofrecía su salvadora el dolor desaparecía.
Pasaron las festividades de año nuevo juntas, “tengo que quedarme para cuidar a mi mariposa, está enferma”, le dijo a su madre, a quién le molestó de sobremanera aquel pretexto, sin embargo el padre la calmó para detener una discusión vía telefónica. “Entiende a la niña, es obvio que sigue mal por su ruptura y lo último que quiere es soportar a la familia”.
En parte tenía razón, por su humor apenas aguantaría los comentarios de sus tías chismosas a la hora de la cena: “¿Y por qué cortaste con tu novio? Estaba muy guapo”. “Era tan buen partido” “¿Quién cortó a quién?” Pero también era cierto que quería quedarse para cuidar al insecto, pues no mostraba signos de mejora.
Esa madruga celebró las doce campanadas con unos caballitos de tequila por repique y una sopa instantánea para cenar. Desde entonces se quedaba despierta hasta ver el amanecer, oculto por la niebla invernal, junto con la moribunda mariposa. Tenían la esperanza de ver como la niebla se dispersaba para que el sol les calentara el cuerpo una vez más.
En los últimos días del invierno, el frío comenzó a aumentar y una noche, el timbre del teléfono despertó a la mujer. Atendió sin siquiera prestar atención al identificador de llamadas, la voz que vino después del “Hola” hizo que el corazón le acelerara. Era él, su voz fue un fantasma que regresaba para recordar que alguna vez existió.  Primero dijo que hablaba para saludar y luego de darle varias vueltas a sus palabras por fin dijo: “te extraño… discúlpame, pero no te olvido. Me di cuenta que en verdad te quiero a ti. La corté, ya no significa nada para mí, lo juro. ¿Puedo pasar a tu casa? ¿Podemos hablar?”
La mente de la mujer fue envuelta con el velo de la duda, los labios le temblaban y sentía el corazón en la garganta. Quería decir que sí, su piel quería volver a tocarlo, aunque le doliera admitirlo, lo extrañaba; entonces vio a la mariposa justo en el momento en que por fin pudo mover un poco las alas, y la respuesta se disparó de sus labios como una bala: “No vengas, estoy ocupada” y el teléfono fue colgado.
Esa madrugada, el aire golpeó la ventana como si exigiera que le dejasen entrar y al no obtener respuesta, se coló por las rendijas de los marcos, así volvió la habitación un infierno helado. La mujer intentaba resistir al ataque del clima y cubrió la pecera con todas las sábanas de su cama para evitar que la mariposa muriera congelada.
Se había quedado dormida abrazando la caja de vidrio y en la mañana sintió los primeros rayos del sol que acariciaban su rostro. Al abrir los ojos, vio aquellos tonos azules de una mañana primaveral. El calor era alegre, suave como las caricias matutinas del amor. Entonces la joven, excitada y contenta, quitó las cobijas de la pecera, sólo para encontrar a la mariposa en una esquina, tiesa como las hechas de papel que venden en los mercados.
La mujer abrió la ventana, de inmediato puso al insecto frente a los rayos del sol, los cuales se reflejaban en sus alas, por un momento llegó a parecer que la luz la había regresado a la vida. Pero fue inútil, la mariposa se sentía helada y no se movió ni un centímetro.
La joven acarició las alas del insecto  y, dándole un beso entre las antenas, lo puso en el marco. Una lágrima que escondía una mezcla de felicidad, gratitud y tristeza se resbalaba por su mejilla; el viento sopló sobre el cuerpo de la mariposa y sus alas se movieron con suavidad, como los corazones que laten con la esperanza de una nueva vida.
México D.F a 25 de Noviembre de 2012.

domingo, 28 de octubre de 2012

La vida que me dabas




La vida que me dabas
Alejandro Rodríguez Castillo
Había pasado un mes desde que Alberto de la Torre falleció y no existía en el mundo persona más feliz que su ahora viuda. Cuando fue a recoger el cuerpo a la morgue, Lucrecia Buenrostro de la Torre lloró por horas, en el velorio y entierro apenas lograba mantenerse de pie. Pero en cuanto llegó a su hogar, pudo darse cuenta de la tranquilidad que la invadía, la muerte del esposo se fue al olvido en poco tiempo.
Pasada una semana, la mujer logró reorganizar la casa y dejarla impecable. Se cambiaron las cortinas percudidas y viejas de la sala por unas rosas con estampado floreado. Puso un tapiz nuevo en los sillones, había lámparas y velas en todo el lugar, incluso cambió la tapa dura y plástica del baño por una acolchonada.
A pesar de que vivía en un apartamento pequeño de renta barata, pudo transformar aquella pocilga en una casita de princesas como la que soñó desde que era niña. El aroma a jazmín que emanaba de las velas le daba tranquilidad al espacio. Nadie volvía  a hacer tiradero o se quejaba de los olores.
Utilizó el dinero que obtuvo gracias al seguro de vida de su esposo para pagarse la membrecía en un club deportivo. Esa tarde saldría con un joven que conoció en su clase de Pilates.
Al abrir la puerta, Lucrecia sintió un golpe en el corazón, el estómago se le revolvió, provocándole unas nauseas insoportables y el rostro se le puso más blanco que el vestido que llevaba puesto. No supo qué hacer o decir, sentía como si le hubieran dado una descarga eléctrica en el cerebro, sólo pudo dar algunos pasos hacia atrás.
Un hombre delgado y de tez morena estaba de pie en el umbral de la puerta. Tenía el negro cabello peinado con exceso de gel. Entre su bigote de tlacuache y la barbita rasurada en pico, dibujaba una enorme sonrisa que revelaba unos pequeños dientes chuecos. Vestía un traje color aceituna que le quedaba grande y unos zapatos viejos pero muy bien boleados.
La mujer se dejó caer en un sillón mientras se pellizcaba el brazo con todas sus fuerzas. No podía creer lo que estaba viendo, de seguro de trataba de una broma o esa era la parte cuándo el sueño comienza a transformarse en pesadilla. Intentaba convencerse que todo eso era una ilusión, pero los pellizcos no dejaban de doler.
—¿No te alegra ni tantito volver a verme?—dijo el hombre con un tono de voz chillón.
—No… digo…
—¡Cálmate!  Estoy muerto, pero no te voy a morder—Alberto comenzó a reír mientras entraba a la casa. Luego se fue a sentar, lento y con calma, en un sillón pequeño.—Pensé que me recibirías de una forma más alegre.
—No puede ser. Si tú…
—Tal vez te sorprendas, pero resulta que no estaba en la lista para estar allá arriba, pero lo más raro fue que tampoco me quisieron abajo, prácticamente me corrieron a patadas. Soy un apestado, qué te parece. Entonces decidí regresar casa con mi querida esposa. Por cierto, ¿qué le hiciste a este lugar? Se ve horrible.
Lucrecia no lograba asimilar nada de lo que dijo su marido. Sabiendo que era inútil, con un poco de esperanza intentó volver a pellizcarse, se negaba a aceptar el hecho de estar frente a aquel hombre que solamente habría llegado para arruinar su nueva vida.
—¿Y tú? ¿A dónde tan arreglada?
—¿Yo? A ningún lado… bueno sí, iba con mi prima, pero ahorita le cancelo.
—Bueno, pues sírveme de comer, ¿no?
Lucrecia se quedó con la mirada perdida, apenas y podía pensar bien.
—¿Comida?  Quieres que te sirva de comer.
—¿Qué te acabo de decir? Lo que me faltaba, te volviste retrasada en mi ausencia.
—No, hice unas…—la mujer se dio cuenta que llevaba dos semanas sin siquiera entrar a la cocina.—Pues ahí hay frijoles y huevos.
—¿Nada más? Carajo, se ve que te hice mucha falta.  Aunque sea sírveme eso.
Como si un general le hubiera dado la orden a su soldado, Lucrecia fue corriendo a la cocina. En un segundo su vida se convertía en lo que era antes: ella con el delantal puesto y recibiendo ordenes.
El cuerpo le hormigueaba y se quería desmayar. Respiraba para tranquilizarse y así pensar mejor. No se resignaría a abandonar la vida se construyó desde la muerte de ese hombre. A pesar de que las piernas le temblaban, fue con paso decidido a su cuarto para buscar el arma que su marido había comprado en la secundaria y, antes de morir, seguía presumiendo a sus amigos.  
Quitándose el saco y aflojando la corbata,  Alberto se había acomodado en el sillón para ver la televisión. El hombre reía a carcajadas cuando un fuerte estruendo retumbo por toda la casa.
Lucrecia tenía los brazos tiesos y la garganta seca. No pudo controlar la pistola y la bala que estaba dirigida al cráneo de su marido fue a estrellarse en el televisor, dejando un agujero en la pantalla y descomponiendo el aparato.
 —¿Tú estás loca o qué te pasa?—dijo el hombre exaltado mientras se levantaba del sillón.—Te mandé a que prepararas la comida, no por juguetitos que no sabes usar. Te digo que te dio un retraso mientras no estaba. Dame eso que lo vas a romper—Alberto le arrebató el arma a su esposa.
Ella quedó aterrorizada, el corazón le latía con rapidez. Alberto fue al cuarto por su chaqueta y gorra favorita. Cuando regresó a la sala, Lucrecia seguía viendo el agujero en la televisión, temblaba y sentía como si le apretaran la garganta.
—Voy a salir.
—¿A dónde?— contestó ella, apenas reaccionando.
—Por ahí.
—¿Estás loco? ¿Piensas ir con tus amigos? ¡Se supone que te moriste, Alberto!
—Yo sé lo que hago. Nos vemos en la noche.  
Lucrecia intentaba controlarse mientras veía a su esposo saliendo. Comenzó a sentirse desesperada y ansiosa. Daba vueltas por el apartamento, servía vasos de agua que no se tomaba. Luego de un largo baño se fue a acostar, el sol apenas se había ocultado y estuvo en la cama durante horas, con la mirada perdida en el vacío.
 Se sintió atrapada en aquella locura, sin familiares o a dónde ir, la idea de contarle a alguien ni siquiera era una opción. El dolor de la cabeza se estaba haciendo más fuerte, sus pensamientos chocaron entre sí: dolor, tristeza, miedo, rabia.
Como en los viejos tiempos, se mantuvo despierta hasta la madrugada, entonces su marido llegó oliendo a alcohol, cigarro y prostituta. La única diferencia fue que por vez primera, Alberto estaba completamente sobrio.
Ese era el precio a pagar junto con la muerte, por más que bebiera, el alcohol era insípido y no causaba ningún efecto. Los alimentos dejaron de saberle y su delicioso aroma desapreció. Era cosa imposible que el muerto pudiera sostener una relación sexual.
A pesar de eso, el hombre salía a divertirse todas las noches. Su principal exigencia era con respecto a la comida, tenía que estar lista a cierta hora. Entonces sólo la cortaba y revolvía, luego se levantaba de la mesa y la mujer debía comerse dos platillos o, en muchos casos, tirar un guisado entero.
En un principio, la pareja se sostuvo por el dinero que cobraban del seguro de vida. Pero los ingresos se terminaron muy pronto y el hombre le exigió a su esposa que se pusiera a trabajar, bajo el pretexto de que él no podía ir a una entrevista de trabajo, dada su condición.
Todas las mañanas, Lucrecia hacía el quehacer y la comida. Su trabajo era de tres a nueve, aunque casi siempre salía más tarde, como secretaria en una oficina gubernamental.
Apenas lograba dormir, el estrés la ponía de malas, se sentía casada y enferma. El hombre se aprovechaba de la situación para llegar a la hora que quería o inclusive invitaba a sus nuevos amigos al apartamento, dejando un tiradero que la mujer tardaba horas en limpiar.
Un día se organizó una fiesta en la oficina. Se celebraba el cumpleaños del jefe y Lucrecia decidió irse temprano del lugar, así podía ir a descansar a su casa, nadie iba a darse cuenta de su ausencia.
En cuanto entró al departamento pudo oír unos murmullos en su cuarto y cuando fue a investigar vio a su marido completamente desnudo, dándole un masaje en la espalda a una mujer que no pasaría de los treinta años. Los amantes pararon las risas. Lucrecia sintió como la cabeza comenzaba a darle vueltas.
—Mejor te vas, preciosa—dijo Alberto a la prostituta. Ella tomó su vestido de la cama y se fue corriendo del cuarto.
—Eres un infeliz, hipócrita. Un pinche castigo. ¿Para qué regresaste? ¿Por qué no te quedaste muerto? ¡Vete a la chingada!
—A mi no me vas a hablar así…
—¿Cómo puedes ser tan cínico? ¡Muérete otra vez! ¡Déjame sola! Estaba mejor sin ti…— en las últimas palabras, la voz ya se le había quebrado.
Lucrecia se tiró al suelo, sus gritos eran rasposos y los interrumpía el llanto. Alberto intentaba levantar a su esposa, pero ella le apartó con brusquedad las manos, mientras sus intentos de palabras se transformaban en lamentos.
—Por favor Lucrecia, no es para tanto. Tranquilízate de una vez. Voy a salir  para que te calmes.
La mujer se quedó en el suelo, le dolía el cuerpo y los pulmones. Respiraba con dificultad, el viento frío le calaba la piel y el rostro se había quedado entumido. Cuando las lágrimas ya no le brotaron y la garganta se le cerró por completo,  se fue arrastrando a su cama con la voluntad hecha pedazos.
Alberto se cansó de pedirle a su esposa que regresara al trabajo o que mínimo se levantara. La mujer no reaccionó a las exigencias y amenazas, sólo se ponía de pie para comer o ir al baño. Ahora cocinaba para una persona, ignorando a su marido, ni siquiera le dirigía la palabra.
El hombre se hartó de aquella actitud, pero era difícil hallar algo en qué distraerse. Su frecuencia a los bares y burdeles aumentó sin que encontrara beneficios, pues la molestia crecía en lugar de disminuir. En su desesperación intentó consumir algunas drogas, pero el efecto en él era nulo.
Dejó de salir, pues nada lo entretenía. Se la pasaba sentado en la sala como si fuera un mueble más. Con el tiempo, Lucrecia volvió a levantarse y buscó otro trabajo.
Había veces que Alberto tiraba una taza, un vaso o quemaba el guiso, todo para llamar la atención de su mujer, pero lo único que ella hacía era recoger el vaso roto o tirar el guiso arruinado y salir a comer en otro lugar.
Una tarde por fin, Alberto vio como Lucrecia comenzaba a guardar sus cosas en cajas y maletas. Exigió a su esposa que le explicara todo eso, pero seguía siendo ignorando.
El hombre vació un par de maletas, le gritaba en el oído e inclusive quiso golpearla. Nada funcionó y antes de que anocheciera, las cajas estaban en la calle y las maletas en la puerta.
El claxon de una camioneta roja anunciaría el comienzo de la mudanza. Lucrecia saludó a un hombre de cabello cano que bajaba del auto para guardar las cajas en la cajuela. Alberto sentía una mezcla de desesperación y miedo.
Cuando vio que su esposa estaba a punto de irse, corrió a su cuarto por la pistola para amenazarla. Al abrir la puerta, la mujer dio un último vistazo hacia atrás, sus ojos estaban vacios, decididos a dejar todo atrás y lo único que él pudo hacer fue bajar el arma para ver como su mujer se iba para siempre de su lado.
Alberto no tenía a dónde o con quién ir. Estaba condenado a soportar su estado en aquel lugar vacío y solo. Entonces se dio cuenta que hacía apenas uno momento, todavía conservaba un poco de vida.

México D.F a 28 de Octubre de 2012.