La quetzal cola-rosa, volaba
entre la yerba.
Orgullosa, presuntuosa,
mostraba su belleza.
Algunas quetzalillas teníanle
cierta envidia.
Los machos la admiraban,
cuando el vuelo veían.
Ella era la encargada de
llevar materiales
para que se crearan escuelas
y hospitales.
Cuidaba a los pequeños,
también a los enfermos
y todos los de aquel pueblo
teníanle mucho afecto.
Al vuelo y con las luces,
brillaba su plumaje,
y miles de quetzales, de
todos los lugares,
buscaban la conquista de
aquella quetzalita.
Mas ella criticaba, veía en
todos rivales
y todos se envolvían en sus
propias mentiras.
El uno que era avaro, el
otro vanidoso,
uno muy arriesgado y el otro
temeroso.
Y todos con engaños buscaban
la conquista
de la de plumas rosas, la de
las alas finas.
El tiempo no fue largo para
desilusiones
y en unos pocos meses, cansóse
de dolores.
Aquella quetzal rosa quería
viajar muy lejos,
volar con otras flores,
cumplir todos sus sueños.
De tierras muy lejanas,
volaba a toda prisa
un queztal cola aqua, con plumas
esmeralda.
Cruzó mares y ríos, cruzó
lluvias y brisas,
cruzó valles y campos, y
cientos de montañas.
Y mientras Quetzal-rosa,
bailaba en una fiesta
con muchos invitados, con
vino y con orquesta.
Todos en ese bosque querían
ver la partida
de aquella quetzal rosa, por
todos tan querida.
En ese mismo instante
llegaba de su viaje,
el quetzal esmeralda,
cansado y sin aliento.
Buscó algún buen refugio, posóse
en el ramaje
y ahí desde lo lejos miró
con desconcierto
de tanta fiesta y gente, a
la de plumas rosas.
Admiróse de repente al ver tanta belleza
y mientras descasaba miró la
grande fiesta.
Un ruido que a lo lejos
rompió con el festejo
causó tal confusión que todo
fue silencio.
Un monstruo de dos piernas y
de pocos cabellos
domaba a dos halcones
nacidos por el fuego.
Buscó que sus mascotas
viajaran por la yerba
y en un vuelo directo cazaron
cada tronco,
hasta que sin aviso llegaron
a la fiesta.
Las aves de escarlata,
dejaron plumas-fuego,
plumaje de los soles, veneno
del ramaje.
La quetzal pluma-rosa, temió
por todo el pueblo,
salió de pronto al vuelo,
directo hacia un estanque.
Valióse de unas hojas para
llevarles agua
que echó sobre las plumas
color fuego-escarlata.
Al verla en tal peligro, el
quetzal esmeralda
salió pronto a ayudarla,
bañó de tierra el fuego
y juntos los quetzales
mataron el incendio.
La bestia sin cabellos, huyó
en aquel instante,
pues vio cerca el ataque de
tantos animales.
Mas un halcón furioso,
sediento de venganza,
buscó a la quetzal rosa,
tocóle con sus alas.
En ese mismo instante cayó
la quetzalita,
con todo su plumaje
volviéndose cenizas.
El quetzal esmeralda salió
pronto en su ayuda,
mas no pudo hacer nada, ella
no respiraba.
Con los ojos llorosos, el
quetzal cola-aqua
quitóse aquel plumaje que el
cuerpo le adornaba,
con él hizo un abrigo para
su enamorada.
Todos los de aquel bosque
lloraron el suceso
e hicieron gran sepelio a la
que se había muerto.
El quetzal, ya sin sus
plumas, lloraba a las estrellas.
La noche, a su romance, le dio
pequeña ofrenda:
que cuando hay luna llena
regrese su plumaje
y junto a las estrellas,
vuelva la vida de ella.
Así con cada luna, canta el
quetzal desnudo,
hasta que está completa y
cumpla su promesa.
En cada luna llena se ve en
medio del bosque
a la bella pareja que sigue
el mismo rumbo.
Quetzal cola turquesa y la
de plumas rosas,
llenando de colores el manto
hecho de estrellas.
Texto: Alejandro Rodríguez Castillo.
Ilustraciones: Manuel Guerreo.